Cuatro días después del terremoto, cuando las familias y voluntarios todavía buscaban a los suyos entre escombros y el país seguía en shock al comprender la magnitud de lo ocurrido, una publicación circuló en redes sociales bajo el nombre Memorial Park La Guaira: Camposanto y Memorial para las víctimas del terremoto – 24/06/2026[1]. Los renders de la propuesta —a todas luces el ejercicio imaginativo de alguien con tiempo libre y acceso a generación de imágenes con IA— prometían un “diseño digno, moderno y sostenible inspirado en los parques memoriales internacionales”, concebido para “honrar, sanar y unir”.
El rechazo no se hizo esperar, pero el malestar que pudo provocar en algunos también generó dudas sobre los tiempos que vienen y cómo se puede estar pensando, en oficinas y con algunos intereses muy específicos de por medio, el necesario renacer de La Guaira —y Venezuela—. Aunque este tipo de ejercicios también deja otras interrogantes en el aire. La propuesta, aunque prematura, visualmente impoluta y desconectada del territorio, también da pistas sobre el modo en que suele pensarse la ciudad: desde afuera, desde arriba, desde la abstracción. La pregunta que deja abierta es: ¿quién tiene derecho a definir cómo se reconstruye un espacio que otros habitan?
Hace más de medio siglo, Henri Lefebvre[2] distinguió tres registros en los que se produce el espacio urbano. Hay un espacio concebido: el de los planos, las normas, los indicadores técnicos, los discursos especializados. Hay un espacio percibido: el de las prácticas cotidianas, los recorridos, los flujos que la gente hace sin que nadie se los indique. Y hay un espacio vivido: el de las memorias, los afectos, los usos no previstos, las apropiaciones que ningún manual de zonificación contempla.
La planificación urbana opera casi siempre desde el primero e ignora sistemáticamente el tercero. No por malicia de los planificadores, sino porque el espacio concebido tiene una lógica propia (funcional, cuantificable y exportable) que resulta conveniente para determinados intereses: el capital inmobiliario, la industria turística, la producción de ciudades para ser vistas más que habitadas. Un parque memorial renderizado cuatro días después de un terremoto es la expresión más descarnada de esa lógica.
La Guaira ya vivió esto. En diciembre de 1999, la tragedia de Vargas devastó la misma franja costera y detonó el mismo debate. La respuesta fue técnica, vertical y expedita: reubicaciones masivas, desarrollos habitacionales en lugares que nadie había elegido, ruptura del tejido social construido durante décadas. Muchas familias desplazadas nunca volvieron, pero otras tantas sí y, a pesar de este último acontecimiento, otras muchas volverán de nuevo o nunca se irán. Pero lo que se perdió no aparecía en ningún plano: las redes de vecindad, las economías enraizadas en lugares específicos, la memoria depositada en lugares; calles, esquinas, escaleras, paredes.
Veinticinco años después, La Guaira vuelve a revivir el trauma. Y el primer impulso, al menos en una parte del debate público, es repetir la operación.
Pensar la reconstrucción desde el espacio vivido no es romantizar la precariedad. No se trata de convertir la memoria colectiva en obstáculo para la eficiencia técnica, ni de negar que los ingenieros y urbanistas tienen saberes que importan y son necesarios. Se trata de reconocer que las prácticas, los afectos y las economías informales que organizan la vida en un territorio contienen información que ningún indicador técnico puede capturar, y que prescindir de esa información tiene costos concretos: comunidades que no se reconocen en lo que se construyó en su nombre, espacios que funcionan en el papel y mueren en la práctica, reconstrucciones que son, en los hechos, procesos de desplazamiento.
Habitar no es ocupar un metro cuadrado techado. Es un conjunto de relaciones con el espacio, con los otros y con el tiempo. Es la vendedora que lleva años en la misma esquina, el camino que los niños conocen de memoria para llegar a la escuela, el punto de encuentro que no aparece en ningún mapa pero que estructura la vida de la comunidad: todo eso es información urbana. La planificación que no la lee no planifica; administra.
Conviene ser precisos aquí, porque la trampa ya es conocida. Otros procesos de reconstrucción y toma de decisiones en América Latina —y Venezuela— están llenos de instancias de “consulta popular” que no cambiaron nada: asambleas convocadas cuando las decisiones ya estaban tomadas, consultas cuyo resultado nadie estaba obligado a respetar, comunidades que firmaron sin entender qué firmaban. La participación decorativa no es inocua; legitima decisiones impuestas y transfiere la responsabilidad a quienes no tuvieron poder real sobre ellas.
La diferencia entre participación real y participación decorativa no es un asunto de método; es un asunto político. Involucrar a las organizaciones comunales, a las congregaciones religiosas, a los consejos comunales con trayectoria en el territorio no es un procedimiento de consulta. En cambio, es reconocer que esos actores tienen un saber sobre el espacio que los técnicos no tienen, y que ese saber debe incidir en qué se reconstruye, dónde, cómo y para quién.
La pregunta de fondo va más allá de la técnica: ¿Quién define la ciudad?
Si la respuesta sigue siendo los arquitectos y funcionarios que diseñan desde una pantalla, La Guaira se reconstruirá una vez más sobre el olvido de quienes la habitan. Si la respuesta cambia, es decir; si las comunidades dejan de ser consultadas y pasan a ser convocadas como parte activa del proceso, la reconstrucción puede ser otra cosa: no solo la devolución de un techo, sino la restitución de una forma de vida.
El Memorial Park de los renders no era solo una propuesta con mal tino de alguien con tiempo libre. Era una forma de ver la ciudad. Eso es lo que está en disputa.
[1] https://www.instagram.com/p/DaOWQWKj3Tr/
[2] Lefebvre, H. (2013). La producción del espacio. Capitán Swing Libros.

