1. “Haz tú los dibujos, que yo pondré la guerra”
El imperio yanqui intervino en Cuba, en 1898, cuando España estaba prácticamente derrotada por los luchadores independentistas cubanos. Usó como pretexto la explosión, del 15 de febrero de ese año, del acorazado Maine, anclado en la bahía de La Habana, donde perdieron la vida doscientos sesenta y seis marinos norteamericanos. La gran prensa de EE. UU., que venía atacando por razones aparentemente humanitarias la brutal represión de las autoridades coloniales españolas en la Isla, acusó, de inmediato, a España, de haber volado al Maine y preparó a la opinión pública para que respaldara el conflicto bélico que sobrevendría.
William Randolph Hearst, el poderoso magnate de los medios, había enviado a Cuba, meses atrás, a uno de sus mejores dibujantes: “Haz tú los dibujos, que yo pondré la guerra”, le dijo. Y, efectivamente, todos los periódicos del conglomerado mediático de Hearst “pusieron la guerra” y la legitimaron.
Lenin calificó “la guerra hispanoamericana” —que sería bautizada después, con más precisión, “guerra hispano-cubana-norteamericana”— como “la primera guerra imperialista de la historia”. De modo que Cuba tuvo el triste privilegio de servir de escenario para el debut del poder militar del imperialismo moderno y, luego, del esquema neocolonial de dominación. Desde el punto de vista cultural, los nuevos amos se ocuparían de que el pueblo cubano los viera como “salvadores”, “liberadores”, “civilizadores”.
La Isla dejó de ser colonia de España para convertirse en neocolonia de los EE. UU., con un estatus de “República”, que incluía, en su Constitución, un apéndice humillante —la Enmienda Platt— donde se otorgaba a los yanquis la posibilidad de intervenir militarmente en el país cada vez que lo estimaran conveniente.
- Con la Isla ocupada militarmente por los EE. UU., en julio de 1900, se llevó a cabo una operación de guerra cultural muy perversa: el llamado “Proyecto Harvard”. Consistió en invitar a 1300 maestros cubanos de enseñanza primaria a pasar un curso en la Universidad de Harvard, donde pretendieron “lavarles el cerebro” y formarlos como sumisos anexionistas. Fracasaron estrepitosamente. Con el tiempo, se demostró que la escuela pública cubana sería uno de los bastiones decisivos de resistencia durante las seis décadas en las que el país vivió bajo el dominio neocolonial yanqui.
2. “Nada tenemos que aprender de los Estados Unidos”
El influjo cultural de los EE. UU. estaba presente en Cuba cuando aún era colonia de España. Según el historiador Louis A. Pérez jr., “el progreso llegó a Cuba desde la época colonial en forma de cosas norteamericanas”, junto a “las ideas asociadas al progreso, la ciencia y la tecnología, como paradigmas de modernidad y civilización”. Esta identificación de lo yanqui y “lo moderno”, “lo civilizado”, “lo avanzado”, inoculada en el siglo XIX, reaparece, una y otra vez, a lo largo del siglo XX y asoma, tenaz, en pleno siglo XXI.
Una de las obsesiones medulares de Martí fue combatir el deslumbramiento de políticos e intelectuales latinoamericanos ante el modelo yanqui de “prosperidad” y “democracia”. “Nada tenemos que aprender de los Estados Unidos”, aseguró en un artículo de 1894:
- Sin soberbia se puede afirmar que ni actividad, ni espíritu de invención, ni artes de comercio, ni campos para la mente, ni ideas originales, ni amor a la libertad siquiera, ni capacidad para entenderla, tenemos que aprender de los Estados Unidos.
En su carta-testamento, escrita la víspera de su muerte en combate, revela a su amigo Mercado que el objetivo superior de “la guerra necesaria” es “impedir a tiempo, con la independencia de Cuba, que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza, más, sobre nuestras tierras de América”.
3. “Renacen, amenazantes, el odio y la miseria”
Es muy significativo que la célebre película de Griffith, de 1915, cruelmente racista, se titule El nacimiento de una nación. Todos los rasgos terribles que Martí observó en la sociedad estadounidense aparecen sintetizados en ella. En los Estados Unidos, dijo Martí (1894):
- En vez de apretarse las causas de unión, se aflojan; en vez de solucionarse los problemas de la humanidad, se reproducen; (…) en vez de robustecerse la democracia y salvarse del odio y miseria de las monarquías, se corrompe y aminora la democracia, y renacen, amenazantes, el odio y la miseria.
La industria del cine fue un arma determinante en la guerra cultural desplegada por el imperio yanqui con el propósito de manipular a su propia población y de extender su proyección ideológica a todo el planeta. Le fue muy útil para embellecer páginas muy oscuras de la historia nacional y universal, y justificar los crímenes más atroces.
El etnocidio cometido durante la “legendaria” conquista del Oeste fue representado en una saga de películas donde las víctimas, los indios, hacían el papel de “salvajes” sedientos de sangre; en cambio, sus verdugos, los soldados y colonos blancos, defendían gallardamente a sus familias y los valores cristianos.
La imagen caricaturesca de los indios —diseñada para ser temida, despreciada y odiada— fue una fórmula que se utilizó como pauta en otras representaciones del enemigo de turno. El cine se dedicó a caricaturizar a mexicanos y latinos, en general, al igual que a japoneses, coreanos, rusos, musulmanes, a todos aquellos “bárbaros” que defienden sus derechos y se niegan a ser humillados por el poder imperial. Sus estereotipos se han enraizado a escala global y, hoy, nutren los discursos racistas del neofascismo.
Al propio tiempo, Hollywood ha exaltado a “héroes” y “superhéroes” como Supermán, Rambo, el Capitán América y un largo etcétera, junto a los personajes encarnados por John Wayne y al propio actor, considerado un “símbolo de la América blanca”, defensor de la cacería de brujas del macartismo y de las doctrinas del supremacismo racista. Otro actor mediocre, Ronald Reagan, anticomunista fervoroso, por entonces líder sindical, denunció a muchos de sus compañeros ante el tribunal inquisitorial presidido por McCarthy.
4. La “purificación” de Hollywood por el macartismo
Aunque el clima de vigilancia ideológica y la histeria colectiva provocados por el macartismo se expandió a universidades y a otros sectores de la sociedad, no hay dudas de que se ensañó en Hollywood. Necesitaban una industria limpia de toda contaminación “roja”, para encabezar la guerra cultural contra la URSS y sus mensajes “contagiosos”. Nadie que hubiera tenido algún tipo de simpatías hacia el comunismo en el pasado, por remoto que fuese, podía ser contratado en Hollywood.
Según el analista Iván Escobar, aquel “período oscuro (…) revive parte de su esencia en la actual cultura de la cancelación alimentada por las redes sociales [digitales]”. Como subrayó David Cole (2003), en su artículo “The New McCarthyism”, durante la guerra al terrorismo, a partir de los atentados del 11S, “el Gobierno de los Estados Unidos resucitó algunas de las viejas prácticas: desde cientos de detenciones preventivas, escuchas telefónicas y redes de espionaje hasta la privación de derechos básicos y libertades fundamentales”.
Lo cierto es que el Hollywood, “purificado” por el macartismo y nunca desatendido por las élites que protegen el sistema y por la oportuna censura del dios mercado, ayudó, con la mayor eficacia, a construir los mitos y relatos que han secuestrado la subjetividad universal.
Hollywood se encargó de que la mayor parte de la población del planeta se convenciera de que los EE. UU. fueron la potencia vencedora de la Segunda Guerra Mundial. Se ocupó, igualmente, de curar el llamado “síndrome de Vietnam” y de folclorizar a figuras de la izquierda, desde Frida Kahlo y Evita Perón hasta “Pancho” Villa, Emiliano Zapata y Federico García Lorca.
En esa relectura de la historia, para promover versiones afines a intereses del sistema, ha acompañado al cine hollywoodense la industria cultural en todas sus manifestaciones: videojuegos, dibujos animados, historietas, videoclips; toda una maquinaria que funciona de manera coherente sin permitirse distracciones.
Para Inurri Gorria (2022), “el imperialismo cultural yankee no quiere solo dominar la política y la economía de los países, quiere dominar y forjar las almas de la sociedad”. Y añade: “Gracias a Hollywood y Netflix, ha construido un mundo a su imagen y semejanza, un sentido común global y un imaginario a escala planetaria, que toma la cultura, la forma de vida y la civilización capitalista como referente a seguir”.
Samuel Vega Durán, en su texto “Hollywood y el Pentágono: La producción cultural propagandística del Departamento de Defensa de los EE. UU.”, habla de “una larga y próspera relación productiva” existente entre la industria del cine y el Pentágono. A través de ella, los militares ofrecen respaldo financiero y todo tipo de equipos para producir películas a cambio del derecho a hacer modificaciones en el guion y embellecer la imagen de los Estados Unidos y de su Ejército. De este modo, la tan cacareada libertad de creación, siempre maltratada por los mercaderes, tiene que ceder, del mismo modo, ante las exigencias de los desalmados “señores de la guerra” que denunció Bob Dylan.
5. La CIA y la guerra fría cultural
La investigadora británica Frances Stonor Saunders estudió, a fondo, la costosa operación de los EE. UU., después de la Segunda Guerra Mundial, para alejar de la URSS, del comunismo y del marxismo a los intelectuales y artistas de Europa. Nos dejó un libro ineludible: La CIA y la guerra fría cultural. Según Stonor, los EE. UU. organizaron “una coalición de tipo empresarial de fundaciones filantrópicas, empresas y otras instituciones e individuos que trabajaban codo a codo con la CIA” para levantar un activo frente cultural anticomunista.
El proyecto más ambicioso fue el Congreso por la Libertad de la Cultura, con sede en París. Se fundó en 1950 y llegó a convertirse en una influyente organización internacional, con ramificaciones en más de treinta países. Distinguía con premios, publicaciones y becas a los escritores y artistas apegados a los “valores occidentales” y muy críticos en torno a todo lo que ocurría tras “la cortina de hierro”. Combinaba las recompensas a los creadores leales con el castigo oportuno a los levantiscos, que terminaban excluidos de los circuitos de legitimación, y silenciados.
En 1967, revelaciones periodísticas hicieron público el f inanciamiento de la CIA al Congreso por la Libertad de la Cultura. Se demostró, así, que aquella organización tan generosa para sus ahijados y tan amante de las expresiones “libres” era un fránkenstein de los yanquis. Después, se sirvió del nombre de Asociación Internacional por la Libertad de la Cultura hasta que se disolvió, en 1979.
6. ¿Mundo Nuevo?
La investigadora argentina María Eugenia Mudrovcic hizo una contribución significativa al estudio de la labor de la CIA, en el ámbito de la creación literaria en nuestra región, con Mundo Nuevo. Cultura y Guerra Fría en la década del 60. Este libro viene a complementar el análisis de Frances Stonor Saunders.
La revista Mundo Nuevo, dirigida por el académico y crítico uruguayo Emir Rodríguez Monegal, tuvo como misión principal dividir al movimiento intelectual latinoamericano de orientación progresista y frenar la influencia de la Revolución cubana y de los sueños de integración de Bolívar y Martí, del antiimperialismo, la justicia social y la emancipación.
Mudrovcic demuestra el vínculo de Mundo Nuevo con la CIA, su intervención selectiva e intencionada en el llamado “boom” de la narrativa latinoamericana y su modo, más o menos sutil, de estimular “rupturas” —siempre muy mediáticas— de intelectuales reconocidos con la Revolución cubana. Revela, además, cómo la entrega, en 1967, del Premio Rómulo Gallegos de Venezuela a Mario Vargas Llosa fue gestionada, entre bambalinas, por Rodríguez Monegal, con la intención de cortejar al escritor peruano, halagar su vanidad y distanciarlo de la Casa de las Américas y de Cuba.
En la selección de textos de Haydee Santamaría. Hay que defender la vida (de Jaime Gómez Triana y Ana Albo Díaz [comp.], 2022) aparece la vergonzosa carta de renuncia de Vargas Llosa al comité editorial de la revista Casa de las Américas (tan ansiada por Rodríguez Monegal), y la respuesta estremecedora, de impresionante altura moral, que le dio la Heroína del Moncada.
7. “Dale una oportunidad a la paz”
La hegemonía cultural capitalista sufrió retrocesos visibles en los años 60 del siglo XX, sobre todo entre jóvenes europeos y norteamericanos. Las luchas de los pueblos del Sur contra la colonización y, en particular, la épica de Vietnam y las imágenes de mujeres y niños quemados por el napalm sensibilizaron a toda una generación y nutrieron a un nuevo y pujante movimiento pacifista. Creció la fama mundial de artistas con un explícito compromiso social y de f iguras como el Che, Fidel, Mao, Ho Chi Minh, entre otras. El libro rojo se convirtió en lectura obligada y Give Peace a Chance en un himno.
Muy pronto, la industria de la moda se ocupó de banalizar aquella revuelta y de sacarle provecho. Según Manuel Salazar Salvo (2021), en Chicago, en Nueva York, en Las Vegas, “se multiplicaban los espectáculos floridos para turistas” y “las fábricas producían, a tres turnos, sombreros hippies, camisas indias, túnicas hindúes, vasijas mayas y telas psicodélicas”. Las drogas fueron muy útiles para neutralizar a este ejército de rebeldes, según la evaluación de Luis Britto García, en El imperio contracultural: del rock a la postmodernidad. Al propio tiempo, la industria de la música y del espectáculo aplicaron sus dispositivos de censura para domesticar a los líderes peligrosos o expulsarlos del olimpo, en caso de que hicieran resistencia.
Jon Illescas (2020), en su libro La dictadura del videoclip, pone muchos ejemplos sobre cómo funcionan estos mecanismos implacables. Él se hace algunas preguntas inquietantes: “¿Cómo acabó Shakira trabajando para el presidente de los Estados Unidos, y Katy Perry para el Pentágono? ¿Por qué hay tan pocos artistas comprometidos en plena crisis? ¿Qué relación hay entre los videoclips y la falta de conciencia crítica de gran parte de la juventud?”.
8. Irak: la “política cultural” de Bush
En su presentación al libro, de Fernando Báez, La destrucción cultural de Irak. Un testimonio de posguerra (2004), Chomsky recalca que las fuerzas de la coalición encabezada por Estados Unidos “hubieran podido (…) resguardar la riqueza cultural de Irak que se remonta al nacimiento de nuestra civilización occidental y que posee algunos de los tesoros más valiosos del mundo”. Cometieron, concluye, “un gravísimo e inolvidable crimen”.
Fernando Báez describe la ola de saqueos en Bagdad, correspondiente a los días 8 y 9 de abril de 2003, tras la toma de la ciudad por el ejército de Estados Unidos. Al día siguiente, el 10 de abril, el Museo Arqueológico fue asaltado por vándalos “en las circunstancias más deplorables y extrañas”. Piezas con un valor patrimonial incalculable “fueron sustraídas o reducidas a escombros”. Entre ellas, “tablillas de arcilla que tenían las primeras muestras de escritura de la humanidad”.
Por su parte, Naomi Klein, en La doctrina del shock. El auge del capitalismo del desastre (2009), vincula estos actos de barbarie al “plan de posguerra de la administración Bush”.
El Museo Nacional de Irak fue saqueado ante la pasividad cómplice de las tropas yanquis: desapareció el 80 % de los 170 mil objetos de gran valor que atesoraba la institución. Lo mismo pasó con la Biblioteca Nacional, “que contenía copias de todos los libros y las tesis doctorales publicados en Irak”: “Quedó hecha una ruina ennegrecida”. Se perdieron ediciones antiquísimas del Corán, depositadas en el Ministerio de Asuntos Religiosos.
Un arqueólogo citado por Klein, McGuire Gibson, de la Universidad de Chicago, compara lo sucedido con “una lobotomía”: “La memoria profunda de toda una cultura de miles de años ha sido borrada”. “Bagdad es la madre de la cultura árabe”, declaró al Washington Post el anciano Ahmed Abdullah. “Quieren acabar con nuestra cultura”, añadió.
Como una metáfora ilustrativa de la “política cultural” de EE. UU. para el Irak ocupado, Klein recuerda que, “en la prisión de Guantánamo, hay una sala conocida como la choza del amor, donde a los prisioneros se les permite ver películas de Hollywood y se les sirve comida basura americana”. Se pretende, con esto, que olviden las torturas a que han sido sometidos.
Según Klein, “el plan de Washington para Irak” consistía en “sembrar el shock y el terror en todo el país, destruir sus infraestructuras, permanecer de brazos cruzados mientras su cultura y su historia eran víctimas del pillaje, para arreglarlo después con un abastecimiento ilimitado de electrodomésticos baratos y comida basura importada”. Y concluye: “Como los prisioneros de la choza del amor de Guantánamo, todo Irak iba a ser sobornado con Pringles y cultura pop. Esta era, al menos, la idea de un plan de posguerra de la administración Bush”.
9. “Una faceta infravalorada del poder global estadounidense”
El historiador cubano Elier Ramírez Cañedo (2016) ha estudiado, a fondo, “la guerra cultural desarrollada históricamente hasta nuestros días por Washington”. Se ha centrado en evaluar “hechos concretos y comprobados, operaciones abiertas y encubiertas de las agencias del Gobierno de los Estados Unidos, declaraciones de los líderes de esa nación y documentos rectores de su política exterior, tanto en el plano diplomático como militar”.
Elier va repasando, en su ensayo, las tesis asociadas a este tipo de guerra que aparecen en libros, artículos e informes oficiales de distinta índole. Explica, por ejemplo, cómo Zbigniew Brzezinski, en El gran tablero mundial, se refiere a “la dominación cultural” como “una faceta infravalorada del poder global estadounidense” y nos recuerda que el propio Brzezinski recomendó a Carter, en 1979, que incrementara “la influencia de la cultura estadounidense sobre el pueblo cubano”. Se refiere también a los “Programas de Santa Fe”, fruto de tanques pensantes imperiales en la década de los 80, que “son muy enfáticos en cuanto a la guerra cultural contra el campo socialista”; y subraya la necesidad de evaluar “un documento de extraordinaria importancia para comprender las estrategias actuales del Gobierno de los Estados Unidos en el campo de la guerra cultural”: el Libro Blanco del Comando de Operaciones Especiales del Ejército de Estados Unidos, de marzo de 2015, titulado Apoyo de las Fuerzas de Operaciones Especiales a la Guerra Política.
A su vez, Joseph Nye, principal teórico del poder blando, dijo en una entrevista, que el influjo de los EE. UU., a nivel mundial, puede crecer “a través de los valores, como la ‘libertad’, la ‘democracia’, el individualismo, el pluralismo de la prensa, la movilidad social, la economía de mercado y el modelo de integración de las minorías”. Además, agrega algo muy significativo: “Y no hay que olvidar que actualmente nuestra influencia se ve reforzada por Internet, Google, YouTube, MySpace y Facebook”.
La referencia de Nye, con orgullo, al supuesto “modelo de integración de las minorías” de los EE. UU. tiene que ver con otra de las facetas de la guerra cultural imperialista: se trata obviamente de encubrir la tragedia del racismo, del fascismo y de la intolerancia hacia el “otro”, hacia “el diferente”, con el espejismo de la falsa “diversidad” y de la falsa “integración” que ofrecen las industrias del entretenimiento, de la moda, de los “famosos”.
No hace mucho, en junio de 2023, la prensa comentó la renuncia de la jefa de “Identidades e Inclusión” de Disney, a causa del fracaso comercial de la nueva versión del personaje de La sirenita. Una vez más, se hizo evidente que el sistema pretende solucionar una contradicción muy honda, muy grave, gravísima, como el racismo, que está en las raíces de esa sociedad, con eficientes departamentos de “Identidades e Inclusión” en las corporaciones que hipnotizan a sus ciudadanos cotidianamente.
10. La colonización 2.0
Fidel, en 1998, en el VI Congreso de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, dedicó su discurso a la globalización neoliberal en el campo de la cultura. Dijo que era “el más importante de todos los temas”, “la más grande amenaza a la cultura, no solo a la nuestra, sino a la del mundo”. Se trata, dijo, “(d)el más poderoso instrumento de dominación del imperialismo”. Y concluyó: “Aquí todo se juega: identidad nacional, patria, justicia social, revolución… ¡todo se juega!”.
Hoy, más de 25 años después de aquella advertencia, debemos reconocer que esa globocolonización, como la llamó Frei Betto, ha avanzado vertiginosamente, gracias, sobre todo, al desarrollo de las tecnologías de la información y la comunicación. Hay que decir que nunca habíamos sufrido una crisis cultural y ética tan devastadora, que ha mezclado aquello que vale la pena, aquello que debemos preservar, querer y recordar, con un diluvio de mensajes irrelevantes y “divertidos”. Nunca la cultura había sido tan degradada a mera mercancía, a mero pasatiempo vacío. Nunca ha sido tan abrumadora la presencia colonial en nuestras vidas y en nuestra subjetividad. Nunca había llegado tan lejos la hegemonía cultural de un pequeño grupo de corporaciones que obtiene ganancias multimillonarias, mientras defiende los intereses del sistema.
Otro rasgo de la globocolonización es el secuestro, por la derecha, de palabras que pertenecen orgánicamente al repertorio de la izquierda: democracia, libertad, derechos humanos. Los principales violadores de esos ideales se presentan como sus defensores y los usan para atacar a líderes y gobiernos que no se someten. Asociar el capitalismo a nociones como “libertad”, “democracia”, “riqueza”, “placer”, “diversión”, “modernidad”, “alegría”, etcétera, funciona en contraposición a la imagen del socialismo como modelo “fracasado”, “pobre”, “represivo”, “antiguo”, “totalitario”, “aburrido”, “amargo”.
La colonización cultural cultiva la desmemoria, el vivir en el presente, la exacerbación del consumismo, la tontería, el deslumbramiento por lo que viene del Norte y el desprecio de los pueblos hacia sus raíces, tradiciones, orígenes. Y promueve a través de todos sus instrumentos, videoclips, series, redes sociales digitales, a los llamados “famosos” (músicos, actores, actrices, modelos, futbolistas, influencers, presentadores de televisión), gente que —por lo general— tiene muy poco de valor que decir. En ellos, la fama está vinculada al dinero que ganan, a la vida de lujo que llevan, a sus amoríos, a sus chismes.
Se pretende que las nuevas generaciones vivan pendientes de la vida personal de los “famosos” y otorguen toda su atención a incidentes que no tienen ningún peso en los problemas del mundo y que, no obstante, se hacen virales en las redes. La guerra cultural imperialista aspira a desmovilizar a los jóvenes, a que piensen solo en sí mismos y nunca en los demás, a que rechacen integrarse en los proyectos colectivos. En el libro ya citado, La dictadura del videoclip, Illescas señala que numerosos jóvenes afroamericanos de hoy, en los EE. UU., se han alejado de paradigmas como Martin Luther King, Malcolm X o Angela Davis, para seguir fanáticamente a raperos cargados de cadenas de oro, con automóviles lujosos y un harén de mujeres muy bellas. Para el sistema, indudablemente, es mucho más conveniente que los jóvenes admiren a un músico millonario y drogadicto que a luchadores antirracistas empeñados en cambiar el mundo.
Se pretende poblar la imaginación de niños, adolescentes y jóvenes de todo el planeta con símbolos, fetiches e hipotéticos héroes estadounidenses. Si la operación colonizadora tiene éxito, las víctimas terminarán negando, avergonzadas, sus raíces, sus orígenes, sus costumbres, su tierra, su raza, y querrán imitar de modo obsesivo a los dioses del olimpo hollywoodense.
El mensaje se resume de esta manera: “Sálvate tú y no te preocupes de los demás. Los proyectos colectivos alternativos al capitalismo son utópicos, irrealizables, ya fracasaron, definitivamente. No tienen ninguna posibilidad de realizarse”. Pero, junto a la incitación al egoísmo, prosperan, en la actualidad, formas de agrupamiento que el sistema tolera y utiliza cuando los necesita. Los grupos neonazis pueden ser atractivos para jóvenes golpeados por la crisis, confusos, desconcertados, que no ven claro su futuro, que no encuentran respuestas para sus preocupaciones en los partidos políticos tradicionales, que están angustiados en medio del clima de incertidumbre de estos tiempos.
Estos grupos neonazis se presentan ante los jóvenes como portadores de mensajes “nuevos”, “modernos”, de símbolos “fuertes”, “viriles”, propios de los “vencedores”, capaces de elevar la autoestima de sus miembros. Luchan por detener la disolución moral que implica la llegada masiva de migrantes “inferiores”, latinos, negros, árabes, y las conspiraciones de “comunistas” depravados, homosexuales, lesbianas, feministas, portadores de doctrinas extrañas, anticristianas.
Hay que releer aquel discurso tan trascendente de Fidel, del 17 de noviembre de 2005, en el Aula Magna de la Universidad de La Habana. Allí se preguntó, y preguntó a los estudiantes asistentes, cómo una persona ignorante, analfabeta, “puede saber que el Fondo Monetario Internacional es bueno o malo, […] y que el mundo está siendo sometido y saqueado incesantemente por […] ese sistema. Y se respondió: “Sencillamente, no lo sabe, no puede saberlo”. Dijo, asimismo, que la maquinaria de dominación cultural, al servicio de las corporaciones y del imperio, hace gastos millonarios en publicidad para crear “reflejos condicionados”. Y concluyó: “La mentira afecta el conocimiento”; pero “el reflejo condicionado afecta la capacidad de pensar”.
Fidel se adelantó, así, a los debates que hay en la actualidad sobre el impacto de las redes en la conducta y las emociones de la gente. No te convocan al análisis, al razonamiento, sino a la reacción inmediata, guiada, muchas veces, por los reflejos condicionados.
Fidel señaló en aquel propio discurso: “Dicen que ‘el socialismo es malo’, y, por reflejo, “todos los ignorantes y todos los pobres y todos los explotados repiten: El socialismo es malo. El comunismo es malo…”. Expuso así, de modo inmejorable, cómo la suma de la manipulación y la ignorancia engendra una criatura patética: el pobre de derechas, ese infeliz que opina y vota, y apoya a sus explotadores, a millonarios demagogos, a fascistas, a quienes lo desprecian y lo utilizan vilmente.
Así, sometidos cultural y espiritualmente al imperio, terminarán siendo esclavos domesticados. No culparán jamás al sistema de sus fracasos; sino a sí mismos. Según el gran pedagogo y revolucionario brasileño Paulo Freire, el mayor triunfo cultural del capitalismo es ese: que los pobres se consideren culpables de su pobreza y absuelvan al sistema.
No olvidemos aquello que repetía Fidel, parafraseando a Martí: “Sin cultura, no hay libertad posible”. Ese ser humano culto y libre estará preparado para sortear todas las manipulaciones.
Frente a la guerra cultural del imperio, levantemos las trincheras de ideas que, según Martí, valen más que las trincheras de piedra.

