Es justo decir que nos encontramos en suspenso, con el trauma colectivo y el dolor generalizado de quienes han sido estremecidos por el evento sísmico. Mientras la vida sigue y el tiempo no se detiene, debemos continuar sin saber bien cómo retomar el rumbo con una herida que no ha sanado, con miles de emociones a flor de piel. Las circunstancias nos recuerdan que tenemos la capacidad de conmovernos ante las imágenes y testimonios de las personas que han sido rescatadas de los escombros, de aquellas que han salvado vidas, de las personas que, a punta de voluntad, han brindado una mano. Sin embargo, la catástrofe también nos recuerda que tenemos la capacidad de indignarnos.
Tras los terremotos que sacudieron Venezuela el pasado 24 de junio, la respuesta de brigadas internacionales, la ayuda humanitaria, el despliegue de rescatistas, expertos, organizaciones y voluntarios nos ha mostrado humanidad en medio de la tragedia. En los últimos días se ha conocido la participación de grupos de expertos israelíes en labores de evaluación y reconstrucción. Aunque la noticia podría leerse como parte de la cooperación internacional, el contexto es imposible de ignorar, considero que en los momentos de mayor vulnerabilidad es precisamente cuando resulta más importante conservar la brújula ética.
Hace apenas unas semanas, la Comisión Internacional Independiente de Investigación de las Naciones Unidas sobre el Territorio Palestino Ocupado publicó un nuevo informe que documenta las consecuencias de la ocupación israelí sobre el pueblo palestino, especialmente sobre niñas y niños. El informe, sustentado en investigaciones, testimonios, evidencia forense y análisis jurídico, reafirma lo que hemos constatado desde el 7 de octubre de 2023, que Gaza continúa siendo un territorio ocupado. Asimismo, describe un incremento de la violencia ejercida por colonos israelíes en Cisjordania, incluido Jerusalén del Este, y presenta hallazgos que la Comisión considera compatibles con la comisión de graves violaciones del derecho internacional, crímenes de guerra y genocidio.[1]
Por eso la paradoja resulta inevitable. ¿Cómo puede presentarse como constructor quien, al mismo tiempo, participa en la destrucción sistemática de las condiciones de vida de otro pueblo? ¿Cómo separar la imagen del experto que ayuda a levantar viviendas de la del Estado que continúa expandiendo asentamientos sobre territorios ocupados? La cuestión no trata de negar el valor de la cooperación técnica ni de desconocer la importancia de atender una emergencia humanitaria. Se trata de recordar que la solidaridad no puede convertirse en un mecanismo para diluir responsabilidades internacionales, y mucho menos, borrar las responsabilidades históricas. La reconstrucción de La Guaira no debería servir para reconstruir la legitimidad internacional de un Estado genocida cuya actuación continúa basándose en la segregación, ocupación, opresión y exterminio del pueblo palestino. Venezuela tiene derecho a recibir cooperación y de cierta manera, aceptar la ayuda a disposición. Pero también tiene el deber de no olvidar el contexto desde el cual esa cooperación llega, porque la solidaridad pierde su fuerza moral cuando pretende ser una operación sobre la memoria. No se puede borrar la memoria de décadas de violencia.
Walter Benjamin advertía que toda idea de progreso corre el riesgo de ocultar el campo de ruinas sobre el que se levanta. Los expertos israelíes se han levantado sobre las escuelas, hospitales y viviendas que el ente sionista ha destruido, donde la vida de generaciones de palestinos han sido sepultados sin que el mundo detenga su marcha. El informe de la Comisión Internacional de Investigación resalta que el Estado de Israel ha atacado de manera intencional y sistemática todos los sistemas necesarios para la vida y, particularmente para el desarrollo de la niñez (educación, salud, recreación, entre otros), es decir, es un esfuerzo intencional y sistemático por eliminar a todo un pueblo. El verdadero compromiso ético no consiste únicamente en recibir con los brazos abiertos a quienes reconstruyen, sino en preguntarse por las ruinas que ellos mismos producen. No habrá redención alguna para quienes pretenden edificar una ciudad contribuyendo a la devastación de otro.
Que no se derrumben nuestros principios. Esa es la única manera de impedir que la solidaridad se transforme en una nueva forma de olvido, porque la reconstrucción jamás debería exigir un borrón y cuenta nueva, ni aspirar la demolición de la conciencia ética. Que viva Palestina desde el río hasta el mar y que viva el aguante y empuje del pueblo venezolano.
[1] Véase: United Nations Human Rights Council. (2026, June 18). “The essence of childhood has been destroyed”: Israel’s deliberate targeting of Palestinian children in the Occupied Palestinian Territory since 7 October 2023 (A/HRC/62/CRP.2). Independent International Commission of Inquiry on the Occupied Palestinian Territory, including East Jerusalem, and Israel.

