Este pueblo está lleno de ecos. Tal parece que estuvieran encerrados en el hueco de las paredes o debajo de las piedras. Cuando caminas, sientes que te van pisando los pasos.
Juan Rulfo
Revisitando el análisis integrado del desarrollo
El contexto después de la Segunda Guerra Mundial fue propicio para la implementación de medidas que buscaban completar el proceso de industrialización con miras a lograr un desarrollo auto sustentado en América Latina. Así, a mediados de la década de los 50, lo que se implantó fue una lógica mecanicista del desarrollo que concebía que la posesión de un mercado interno amplio, la transferencia de mano de obra de un sector productivo a otro y la redistribución de la renta bastarían para alcanzar el crecimiento económico. La industrialización, como parte forzosa del desarrollo, proporcionaría las condiciones necesarias para suplantar las exportaciones; mientras el mercado interno era el núcleo de la economía, el mercado mundial tenía un papel secundario, principalmente como proveedor de compradores e inversionistas que ayudarían a fomentar el crecimiento económico. Estas eran grosso modo las premisas de la teoría del desarrollo que Fernando Henrique Cardoso y Enzo Faletto, así como tantos otros, diseccionaron hace más de 50 años.
Actualmente, resuenan ecos acerca de sustitución de importaciones, del crecimiento económico y el desarrollo de la industria nacional, planteamientos que vuelven a nosotros como fantasmas del pasado. Si algo nos dejaron Cardoso y Faletto, fue la enseñanza de que el enfoque economicista no era -ni es- suficiente. En tanto el desarrollo es un proceso social, el cambio de las estructuras sociales es relacional entre los grupos, fuerzas y clases que están ligadas al sistema de dominación (Cardoso y Faletto, 1976). Frente a la pregunta sobre el porqué revisar nuevamente el texto Dependencia y desarrollo en América Latina, es necesario destacar que la importancia de las teorías de la dependencia —y de la formulación del análisis integrado del desarrollo— no es otra que, en primer lugar, la generación de un corpus teórico “más relevantes y autónomos de las ciencias sociales latinoamericanas a la comprensión del modo de funcionamiento del capitalismo contemporáneo en el mundo entero” (Rinesi en Giller, 2020, p.17).
La comprensión de una serie de factores y características sobre nuestras actuales condiciones, las circunstancias que inciden sobre las ciencias sociales en América Latina y las particularidades nacionales, recogerían otros intereses para una nueva lectura del texto. En este sentido, Eduardo Rinesi apunta en el prólogo de Espectros dependentistas de Diego Giller (2020), que la ciencia tiene una historia interna y otra externa, donde el desarrollo del conocimiento y de la producción teórica está sujeta a factores foráneos al quehacer intelectual que transcurre en las universidades, laboratorios y centros de investigación. Los ritmos del trabajo intelectual, las oscilaciones de las ideas y la producción teórica que habitan en el campo interno se encuentran, a su vez, atravesadas por “los ciclos económicos, los avatares políticos, las guerras, las persecuciones, los exilios…”(p.14). Aunque Rinesi señala esta distinción como una herramienta para entender el desplazamiento de la hegemonía conceptual desde el desarrollo hacia la dependencia y posteriormente, hacia la democracia, nos recuerda que el quehacer intelectual no es ajeno a las circunstancias que envuelven su producción; lo cual resulta crucial rescatar en este momento histórico.
Invocando lo histórico
Las características histórico-estructurales que dan sentido al proceso de modernización implementado en los países de la región en la segunda mitad del siglo XX son justamente parte de la apuesta por un análisis que resaltara las singularidades y especificidad de la situación latinoamericana, comprendiendo las relaciones entre grupos sociales en el plano nacional, y al mismo tiempo, sus dinámicas con los bloques internacionales. Es por ello que, en una lectura más actualizada, Ha-Joon Chang (2004) habla de otro tipo de desplazamiento: el de la concepción ortodoxa del desarrollo por las instituciones financieras internacionales que ha sido adoptada en décadas recientes por instituciones de diversa índole. Al resaltar las implicaciones operativas y analíticas de la ignorancia de las experiencias históricas de los propios países industrializados, no existe únicamente preocupación por cuestiones procedimentales. En el debate contemporáneo también se expresa esta ausencia que reafirma una cuestión clave: la pertinencia de la experiencia histórica y las características estructurales en el análisis actual.
Cuando se omite la experiencia histórica de la ecuación, se corre el riesgo de caer en lugares comunes, sobreentendidos y falacias sobre el desarrollo. En Retirar la escalera, Chang reúne una serie de ejemplos que evidencian que las recetas para alcanzar el desarrollo, que desde hace décadas han intentado implementar en los países de la región y otros países del sur global, no fueron las mismas utilizadas por los países industrializados durante sus procesos de industrialización y desarrollo. De esta manera, la suposición de que la liberalización de la economía acelera el crecimiento, y la precondición de que una democracia liberal representativa generaría las condiciones necesarias para garantizar el desarrollo, quedan claramente destronadas tras una breve revisión histórica (Mold en Chang, 2004).
Y una revisión histórica situada en la América Latina de hoy nos llevaría a enfrentar ciertos espectros que, como diría Derrida, siempre son «más de uno» (1998, p. 17). Chang las llamó «buenas políticas y buenas instituciones» prescritas por el Consenso de Washington: “políticas macroeconómicas restrictivas, liberalización del comercio internacional y de la inversión, privatizaciones y desregulaciones” (2004, p. 33). La amplia gama de buenas instituciones a las que hace referencia el autor abarca desde el sistema de gobierno, una burocracia eficiente, los derechos de propiedad intelectual, las instituciones financieras, de protección social y de trabajo, legislación, entre otras, que no pueden evaluarse como abstracciones sino como resultados de procesos históricos concretos.
Cardoso y Faletto cuestionaron la concepción etapista del desarrollo, Chang desmonta las falacias que giran a su alrededor; en tanto no hay una secuencia unívoca tampoco existen formulaciones mágicas. Sin embargo, un ejemplo paradigmático trata sobre la democracia, concebida como una precondición para el desarrollo desde la ortodoxia económica, su tratamiento ahistórico ha consistido en venderla como un ingrediente esencial que, junto al libre mercado y seguridad jurídica, bastaría para tener éxito en esta empresa. Por ello, Diego Giller propone conjurar a los espectros dependentistas, pues aún tienen cosas que decirnos (2020, p.35), algo pueden advertirnos en el análisis de las experiencias históricas de las colonias y sus relaciones con los centros de poder1[1]; desmitificar las narrativas en torno al libre comercio y la buena gobernanza; y contextualizar el trasplante de instituciones desde países altamente industrializados a los países del sur global. No puede haber un análisis del desarrollo, de la dependencia o de la democracia sin historicidad, así como tampoco puede dejarse por fuera el estudio de las relaciones y las alianzas entre grupos nacionales e internacionales.
Recordando al espíritu de la concertación
A mediados del siglo pasado, se consideraba que el proceso político moldeaba la vía de las sociedades latinoamericanas en su tránsito al desarrollo, permitiendo el establecimiento de un sistema económico acorde a los intereses de un grupo y la subordinación de otros. Teniendo en cuenta que, para Cardoso y Faletto, los modos de relación económica delimitan los marcos de reacción política y los mecanismos de decisión, la importancia de la esfera política radica en su acompañamiento del proceso de desarrollo y su capacidad para dictar el grado de autonomía. Por ello, el análisis integrado del desarrollo nunca pretendió separar los factores internos y externos; en lo sucesivo, lo que nos interesa tratará, principalmente, de la relación entre el Estado con los sectores nacionales más consolidados.
En términos generales, en América Latina el papel del Estado consistía en ser el garante del desarrollo, ejecutando proyectos de infraestructura para diversificar la producción mediante políticas de inversiones. En contraposición con las hermanas naciones latinoamericanas, sumidas en dictaduras militares, convulsionadas por golpes de Estado e inestabilidad política, la segunda mitad del siglo XX se caracterizó por el mito de que teníamos la democracia más estable de la región. Así, en Venezuela transcurrieron más de cuatro décadas donde el sistema político-partidista de la democracia representativa estuvo gobernada por las élites políticas. Después de un proceso de democratización que estuvo marcado por las heridas de la experiencia octubrista (1945-1948), otro espectro, el del «espíritu del 23 de enero de 1958»[2] promovió un proceso de concertación entre los sectores sociales que se organizaron para luchar contra el régimen perezjimenista.
Más allá del plano de las sensaciones, esto se tradujo en la conciliación de partidos, sindicatos, estudiantes e intelectuales, y en una serie de acuerdos de concertación entre sectores y gremios. En lo político-institucional, la alternancia bipartidista que dictó el Pacto de Puntofijo tenía como horizonte garantizar la gobernabilidad en una democracia incipiente, Juan Carlos Rey (1991) lo denominó un sistema de conciliación:
Por un lado, garantizar a los sectores minoritarios poderosos que sus intereses fundamentales no se verían amenazados por la aplicación de la regla de la mayoría en la toma de decisiones gubernamentales, y por otro, asegurar la confianza de la mayoría de la población en los mecanismos de la democracia representativa, como medio idóneo para satisfacer sus aspiraciones de libertad, justicia y bienestar.
Si bien se reconocía, a nivel constitucional, la posibilidad de intervención por parte del Estado, uno de los factores más importantes para la preservación del status quo en el proceso de democratización y reinstitucionalización se centraba en promover el desarrollo económico y la distribución de la renta petrolera, que no incidió únicamente en la búsqueda de legitimidad sino en la adscripción utilitaria de ciertos sectores para satisfacer sus intereses. Es justamente este tipo de modelo, el de la democracia liberal representativa, el que se ha tomado como unidad de medida para evaluar los procesos de industrialización, de desarrollo y de crecimiento económico en los países del sur global.
Conjurando al pueblo
Es posible que esta revisión de Dependencia y desarrollo en América Latina sea catalogada como síntoma de cierta melancolía (Mark Fisher dixit), en un intento por revisitar uno de los grandes aportes desde América Latina a las ciencias sociales y a la comprensión del mundo. También es cierto que otros autores han realizado relecturas y actualizado los análisis sobre las teorías del desarrollo, la dependencia y la democracia. Ha-Joon Chang es un ejemplo de ello, al desmontar de manera muy sencilla, el discurso ortodoxo en torno a las buenas instituciones, constituidas en falacias: no siempre se evitaron las políticas proteccionistas a las nacientes industrias nacionales; en algunos casos se limitó la competencia externa; la liberalización y la ampliación de derechos civiles y políticos, en muchas oportunidades se consolidaron de forma tardía, con disparidad entre los países; entre otros.
De manera muy breve, hemos propuesto una aproximación desde un ejercicio hauntológico sobre los acuerdos de concertación entre sectores sociales después de la caída de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez en 1958. En un presente embrujado por los fantasmas del pasado y de los futuros perdidos, hemos lanzado una mirada que invoca la maestría teórica de Cardoso y Faletto con matices mucho más contemporáneos, que nos permiten convocar a los espectros que acechan el desarrollo, el crecimiento económico y las democracias que se han experimentado en el continente en años recientes. Conjurar al pueblo trata de redimir las experiencias que durante tanto tiempo lo dejaron por fuera, al margen de la política, al margen del poder. Conjurar al pueblo trata de rescatar su potencia transformadora
Como señaló Giller (2020) “la relación entre teoría y política es una relación dislocada”, que no nos remite únicamente al “the time is out of joint” shakespeariano, sino a la disyunción temporal entre la teoría y la política. Esta relectura de Dependencia y desarrollo en América Latina no tuvo como objetivo exorcizar a la teoría, sino intentar hacernos con su herencia, dotar de sentido la práctica política, conjurar la experiencia histórica al pensar formulaciones pasadas, abjurar los trasplantes de instituciones caducas que todavía nos asedian. Al realizar una reinterpretación, que no es más que una reapropiación del texto de Cardoso y Faletto, podemos escuchar esos ecos, esas cosas que aún quedan por decir. Queda de parte de nosotras y nosotros, amplificar sus voces.
Referencias
Cardoso, F. H. y Faletto, E. (1976). Dependencia y desarrollo en América Latina (11.ª ed.). Siglo XXI Editores.
Chang, H.-J. (2004). Retirar la escalera. La estrategia del desarrollo en perspectiva histórica (M. Salomón, Trad.). Instituto Universitario de Desarrollo y Cooperación; Libros de la Catarata.
Derrida, J. (1998). Espectros de Marx. El estado de la deuda, el trabajo del duelo y la nueva internacional (J. M. Alarcón y C. de Peretti, Trads.). Editorial Trotta.
Fisher, M. (2014). Ghosts of My Life: Writings on Depression, Hauntology and Lost Futures. Zero Books.
Giller, D. (2020). Espectros dependentistas. Variaciones sobre la “teoría de la dependencia” y los marxismos latinoamericanos. Ediciones UNGS.
Koeneke, H. (2015). Las organizaciones partidistas y la identidad política del venezolano a partir de 1958. Politeia, 38(55), 155-173.
Rey, J. C. (1991). La democracia venezolana y la crisis del sistema populista de conciliación. Revista de Estudios Políticos, (74), 533-578. https://agora.edu.es/descarga/articulo/27121.pdf
[1] Ha-Joon Chang toma como ejemplo a Estados Unidos, cuyo desarrollo de la industria manufacturera fue impedida por un conjunto de políticas de Inglaterra, para limitar la industria a la producción de materias primas; o las condiciones en las que se ampliaron los derechos civiles, políticos y libertades democráticas, no sólo en EE. UU., sino en países europeos, Australia y Nueva Zelanda, (Retirar la escalera, 2004, pp. 141).
[2] Herbert Koeneke (2015) refiere que Miguel Otero Silva, en un discurso durante el primer aniversario del fin de la dictadura, definió dicho espíritu como un «sentimiento compartido sobre lo ineludible que resultaban para el país, tanto la solidaridad como el entendimiento y la cooperación» (p. 157)

