El presente análisis se propone trascender la lectura puramente emocional o fenoménica del conflicto internacional para recuperar la densidad científica del concepto de imperialismo. Lejos de reducirse a una conducta hostil o a una “mala voluntad” de las potencias, el imperialismo constituye, en términos leninistas, la etapa superior y sustantiva del desarrollo capitalista, definida por el poder de los monopolios y la hegemonía del capital financiero (Lenin, 1916). Sin embargo, la contemporaneidad nos sitúa ante una configuración cualitativamente más agresiva: el hiperimperialismo.
Como sostiene el Instituto Tricontinental (2024), el hiperimperialismo no es una elección política, sino la respuesta mecánica del capital ante su propia incapacidad de inversión productiva interna. Al agotarse los nichos de rentabilidad en la “economía real” (infraestructura, industria y bienestar) de los centros tradicionales —EE. UU., la Unión Europea y Japón—, el sistema se ve compelido a una expansión depredadora para postergar su colapso.
Esta mutación sistémica, analizada por Prashad (2026), revela que el hiperimperialismo no es un signo de fortaleza, sino de una profunda fragilidad estructural. Al perder la carrera de la innovación y la manufactura frente a China y los polos emergentes del Sur Global, el bloque liderado por Estados Unidos ha quedado desprovisto de sus herramientas de seducción económica (el otrora prometido “progreso” capitalista). Como consecuencia, el imperio se repliega sobre sus dos últimas “flechas” de dominio: el monopolio de la violencia militar y el monopolio de la comunicación masiva. Esta fase se articula a través de tres dimensiones críticas:
- Desvinculación productiva y rentismo: El capital abandona la construcción de fuerzas productivas para especializarse en la captura de rentas globales y la especulación financiera desmedida, desmantelando la economía de bienes por una de activos.
- Mecanismos de extracción coercitiva: La hegemonía se preserva mediante el control de los flujos monetarios —el uso del dólar como arma de guerra—, la imposición de deudas externas perpetuas y la arquitectura de las “hipersanciones” (medidas coercitivas unilaterales). Estas últimas operan como dispositivos de guerra económica destinados a disciplinar y desarticular a las naciones que ejercen su soberanía.
- Exportación sistémica de la crisis: El Norte Global traslada sus desequilibrios — inflación, deuda y estancamiento— hacia las periferias. Mediante su dominio de las instituciones multilaterales, el bloque imperial succiona el valor generado por el trabajo y los recursos naturales del Sur Global, convirtiendo la crisis del centro en una condena para el resto del mundo.
La “Sociedad Necrópolis” y la crisis de la soberanía
El hiperimperialismo opera bajo la lógica de una “sociedad necrópolis”, donde la acumulación de capital ya no requiere la vida de los sujetos, sino que a menudo se beneficia de su exclusión, desplazamiento o eliminación. En este escenario, el derecho internacional es sustituido por un “orden basado en reglas” dictadas unilateralmente por el bloque militar de la OTAN+.
La soberanía nacional deja de ser un concepto jurídico-formal para convertirse en el principal obstáculo material para el flujo del capital financiero. Lenin advertía que el imperialismo es la “reacción en toda la línea”; hoy, esa reacción se traduce en un ataque preventivo contra cualquier polo de poder emergente:
- Guerra híbrida y desmantelamiento: Cualquier rastro de autonomía —desde la Alianza de Estados del Sahel en África hasta la alternativa política bolivariana en Venezuela— representa una amenaza existencial que debe ser removida para garantizar la “libertad” de saqueo de recursos estratégicos (litio, petróleo, tierras raras y agua).
- Decadencia y violencia militarista: Al perder la batalla de la producción, el imperio se refugia en el monopolio de la desinformación masiva (guerra cognitiva) y la gestión de la muerte. Prashad (2026) subraya que esta ‘gestión de la muerte’ no solo es física, sino cultural. El hiperimperialismo necesita que los pueblos del Sur Global no puedan siquiera imaginar un futuro fuera del capitalismo. De ahí que el control de los algoritmos y el flujo de información —el monopolio de la comunicación— sea hoy tan vital para el Pentágono como sus portaaviones.
La respuesta de los Pueblos
Ante la omnipotencia técnica y militar del bloque del Norte, se identifica que la unidad del Sur Global ha dejado de ser una opción ideológica para transformarse en una condición de supervivencia biológica y política. En este sentido, Berrizbeitia (2026) sostiene que la resistencia no puede limitarse a una gestión estatal técnica o burocrática —frecuentemente desbordada por el poder financiero transnacional—, sino que el desafío reside en la reconstrucción del sujeto político desde lo local-comunal, devolviendo el protagonismo a los territorios.
Esta disputa es, fundamentalmente, ontológica y se basa en tres ejes de acción:
- Pedagogía de la soberanía: Frente a la guerra cognitiva y los algoritmos que promueven contenido precario y alienante, es necesario crear nuevas formas de conciencia social que rescaten el sentido de lo colectivo.
- Organización popular “desde abajo”: Transformar la indignación dispersa en organización territorial. La comuna y el territorio deben ser entendidos como trincheras éticas y productivas contra la deshumanización del mercado global.
- Alianza de los oprimidos 2.0: Recuperar la visión internacionalista leninista, pero adaptada a un mundo multipolar donde la soberanía es el lenguaje común de la resistencia contra el centro hegemónico.
La contraofensiva Doctrinal del siglo XXI
El hiperimperialismo debe ser caracterizado no solo por su fuerza, sino por su vacuidad histórica. Es la fase agónica de un sistema que, aunque conserva una capacidad destructiva inmensa, ha perdido la capacidad de ofrecer un horizonte de progreso o esperanza. El desafío para centros de pensamiento como el Instituto PUEBLOS y la Tricontinental es articular una contraofensiva doctrinal capaz de nombrar la realidad sin ambigüedades y disputar el sentido común de la época.
La tarea histórica es fundir las luchas por la soberanía nacional con la construcción de un nuevo humanismo radical. Esta propuesta antepone la reproducción de la vida, la sensibilidad hacia el otro y la dignidad de los pueblos por encima de la acumulación financiera y la lógica necrófila del capital. Esta contraofensiva se asienta sobre tres pilares:
- Descolonización del pensamiento: Romper con la hegemonía cultural que presenta al mercado como el único organizador posible de la existencia.
- Soberanía como praxis: No como declaración retórica, sino como soberanía alimentaria, energética y tecnológica real. Es la capacidad de decidir el destino sin tutelajes financieros.
- Ética de la solidaridad: Frente al individualismo atroz, oponemos redes de cuidado y cooperación. No solo sobrevivimos al imperio; prefiguramos hoy, en la comuna, el mundo donde la vida sea el centro de la política.
La historia no ha terminado; está entrando en su fase más determinante. El hiperimperialismo intenta congelar el tiempo para mantener un orden unipolar caduco, pero se enfrenta a la emergencia de un mundo multipolar sediento de justicia.
Nuestra respuesta es una ofensiva de la conciencia. Al unir la rigurosidad del análisis leninista con la sensibilidad de nuestras luchas actuales, estamos pariendo una doctrina que no solo analiza el mundo, sino que lo transforma. La tarea del Siglo XXI es convertir la indignación en proyecto, la resistencia en soberanía y el dolor de los oprimidos en la fuerza creadora de una nueva humanidad.
Referencias
Berrizbeitia, L. (2026, 12 de marzo). Intervención en el Conversatorio: Hiperimperialismo [Archivo de https://www.youtube.com/watch?v=NYXksngbKkg Instituto Video]. YouTube.
Tricontinental de Investigación Social. (2024). Dossier n.º 4: Hiperimperialismo: una nueva etapa decadente y peligrosa.
Lenin, V. I. (1916). El imperialismo, fase superior del capitalismo.
Prashad, V. (2026). Análisis estructural del Hiperimperialismo y la crisis del Norte Global

