Pensar la política desde lo “Original” exige, ante todo, un desplazamiento del lugar de enunciación. Si el Estado moderno —moldeado por los intereses del liberalismo capitalista— determina la forma naturalizada del poder, la mirada desde el contingente político subalterno ofrece una perspectiva disruptiva. Este sector, definido como la “parte sin parte” en la toma de decisiones, no solo busca participar en la administración de lo común, sino que establece una tensión antagónica con las fórmulas tradicionales de organización. La práctica política de la subalternidad es, por tanto, un ejercicio complejo de articulación que reconoce la importancia del poder constituido, pero se mantiene en resistencia frente a sus intereses unívocos.
Esta participación de lo colectivo en el litigio de la cosa pública se manifiesta históricamente a través de dos vías: la cesión de espacios dentro de la lógica institucional de la comunidad política, o la beligerancia revolucionaria; esa violencia simbólica o fáctica que irrumpe cuando el poder opone una resistencia infranqueable. Es en el estudio reflexivo de estos momentos de irrupción donde se hallan las claves para sistematizar nuevas políticas de acción que trasciendan el esquema liberal.
En este escenario, América Latina y el Caribe se presentan como un laboratorio excepcional. La región ha sido testigo de la llegada de agendas populares a las estructuras de gobierno, provocando una reacción inmediata del sistema hegemónico: la categorización peyorativa de estos procesos bajo el rótulo de “populismo”. Esta operación semántica busca degradar el argumento político de lo popular, instalando una dicotomía ontológica: ¿es posible un gobierno de base popular dentro de un sistema que no lo reconoce como sujeto legítimo? Esta tensión, presente tanto en lo filosófico como en la contingencia diaria, define el conflicto central de nuestra era y encuentra en la historia venezolana un referente ineludible de articulación subalterna en constante movimiento.
Sin embargo, la consolidación de una agenda soberana para los pueblos enfrenta desafíos estructurales y estratégicos. Por un lado, existen esfuerzos de articulación histórica, como el Foro de Sao Paulo, surgido en el fragor del avance neoliberal de los años 90 como una referencia de resistencia frente a la hegemonía global. Estos espacios son fundamentales para consolidar una lógica desde los pueblos que permita proyectar un nuevo sistema de relacionamiento entre los Estados.
Por otro lado, la lucha se enfrenta hoy al fenómeno de la atomización postmoderna. Bajo el fundamento filosófico de la postmodernidad, el sistema dominante ha ejecutado un “ataque quirúrgico” sobre las demandas sociales, fragmentándolas en un archipiélago de identidades particulares (raciales, de género, etarias, etc.). Si bien esto visibiliza problemas específicos, también diluye la posibilidad de una unidad programática, dispersando el propósito de la lucha real: la consolidación de los intereses populares para hacerse “parte con parte” en el ejercicio del poder. Comprender esta fragmentación como una estrategia deliberada de desarticulación es vital para reorganizar el movimiento popular hacia una visión integradora y verdaderamente transformadora.

