Un Mundo en Construcción

Capitalismo e imperialismo ecológico: un debate de nuestro tiempo

Daniel Lew y Francisco F. Herrera

Imperialismo y crisis climática: un análisis sobre la mercantilización de la vida, el saqueo de la naturaleza y el destino de la humanidad.

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Si quieres que el presente sea distinto al pasado, estudia el pasado.

Baruch Spinoza

Imperialismo territorial y geopolítica actual

A partir de la desintegración del bloque soviético, en 1991, la opción de la URSS como contrapeso del imperialismo capitalista se desvanecía. La fase neoliberal del capitalismo, que había iniciado una década atrás, tomaba un auge extraordinario y acuñaría, como término motivacional, la globalización, un proceso expresado, fundamentalmente, en la apertura de mercados y la expansión de las tecnologías digitales de comunicación. De manera concomitante, se produjo el fortalecimiento de las políticas de Estado (y la injerencia) del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial; la Organización Mundial del Comercio adquirió un rol determinante en el manejo del comercio global y ocurrió la expansión militar de los Estados Unidos (y demás miembros de la OTAN), fundamentalmente hacia territorios claves para el acceso a fuentes de energía, petróleo y gas, como parte del despliegue del sistema-mundo. Recordemos que la necesidad de recursos (provenientes de la naturaleza), f inanciamiento, mercado, distribución y trabajo asalariadoconstituyen eslabones claves de la propuesta imperialista de economía-mundo (Wallerstein, 1988).

Esa larga década neoliberal propició numerosas reacciones; quizás, la más notable fue la emergencia de un bloque económico de contención —a la arremetida estadounidense—, conformado por Rusia, China, India, Suráfrica y Brasil: los BRICS. Aun así, las lógicas del crecimiento económico, la industrialización, el “desarrollo/ progreso” colectivo y la certeza de acceso a los recursos que permitan la producción y reproducción de este modelo mantienen un complejo y tenso control territorial de los Estados sobre sus propios recursos y de los que yacen allende sus fronteras.

El fenómeno de totalización del mercado implica, tal como lo expone Franz Hinkelammert (2001), no solo el “imperialismo de los economistas”, sino que trae consigo un imperialismo de la economía globalizada respecto a todas las dimensiones de la vida humana; esto es, el sistema social queda totalmente supeditado a las fuerzas del mercado, sus intereses y sus actores. En este contexto, discernir entre economía y mercado es una tarea esquiva, pero adquiere ribetes comprometedores, cuando se hace sinonimia de categorías como democracia o libertad. Herbert Marcuse, en su texto Libertad y agresión en la sociedad tecnológica (1970), señala que la sociedad industrial, que ha emergido con la consolidación del capitalismo, está concebida como aparato total y tiene en la racionalidad —moderna—, sumada al alto desarrollo tecnológico y productivo, una coordinación y una manipulación totales, que son obtenidas por métodos, invisibles a la población y que les resultan, en apariencia, placenteros.

La configuración de una ideología capitalista, entendida la ideología como estrategia política general, adquirirá forma después de la Revolución francesa —sugiere Wallerstein (1988)— y esta resolverá una traba del sistema de economía-mundo que, desde hacía tres siglos, se caracterizaba por un mercado transoceánico, una división internacional del trabajo, coincidente con una relación de centro-periferia, las cadenas de mercancías y la aparición de los monopolios. Para Wallerstein, el capitalismo es la contracara de la economía-mundo, por lo que no puede existir el uno sin la otra, y el capitalismo depende existencialmente de la economía-mundo. Y no menos importante: al existir ideología capitalista, existe legitimidad y aceptación social.

La economía-mundo de Occidente, después de experimentar sucesivas expansiones de sus fronteras, está alcanzando una máxima de la termodinámica: no se puede crecer infinitamente en un sistema finito. Esta realidad, irrefutable, nos confronta al menos con dos escenarios de implicaciones a escala planetaria. El primero es que la redistribución de los recursos existentes entre los dos bloques geopolíticos dominantes, anteriormente mencionados, ocurra de manera bélica y con un desenlace que involucre el uso de armamento nuclear, con consecuencias drásticas para la humanidad y la totalidad de la trama de la vida. El segundo es que el agotamiento progresivo pero acelerado de las condiciones para la reproducción de la vida, como consecuencia del saqueo y explotación de la naturaleza, consentidos por la ideología del capitalismo, limite, de manera creciente, el acceso al agua dulce y a los alimentos de la población, además de propiciar condiciones climáticas extremas que transfiguren los biomas del planeta, más allá de la vivencia humana de los últimos cien mil años. En ambos escenarios, lo que está en juego son las condiciones de vida en el planeta; portanto, un exhaustivo debate acerca de la conformación, reproducción e implicaciones del imperialismo y del capitalismo sigue siendo un imperativo epocal.

El imperialismo económico

El capitalismo —como lo entendemos hoy— logra engranar, ética, material, cognitiva y culturalmente, las piezas que lo conforman hace poco más de tres siglos. Ciertamente, la explotación imperialista, entendida como dominio colonial y proyección del poder estatal más allá de las fronteras del Estado nación, data de varios siglos atrás (en concordancia con Jason Moore, podría establecerse el siglo XVI como hito epocal) y condujo a la apropiación y a la acumulación de capital mercantil (material) —el capital originario sin el cual el capitalismo no hubiera sido posible—. Pero también contribuye al desenvolvimiento de un complejo entramado societal que corporiza una nueva subjetividad (Occidente), que predispone los cimientos para un nuevo relacionamiento y actitud ante la vida, igualmente imprescindible para la consolidación del capitalismo (Patel y Moore, 2017; Veltmeyer, 2019).

Establecer, pues, las raíces del capitalismo —y su imbricada relación con el imperialismo— puede contribuir con la conceptualización de aspectos fundantes necesarios para el debate actual. Wallerstein, en El capitalismo histórico (1988), sugiere que un elemento característico (e inédito) del capitalismo es que el capital pasó a ser usado, fundamentalmente, para su propia expansión; es decir: para acumular más capital. Este autor plantea que, a diferencia de sistemas sociales previos, con la presencia del capital acumulado, la cadena que permite la reproducción del capital (esto es, la propiedad o tenencia de naturaleza, la producción por medio del trabajo, los mecanismos dedistribución, los compradores dispuestos a pagar la ganancia y la posibilidad de guardar la ganancia hasta escenarios para su reinversión) se veía truncada por diferentes razones:

  • Por un lado, muchos de los eslabones de la cadena eran considerados, en los sistemas históricos anteriores, irracionales y/o inmorales por los poseedores de la autoridad política y moral. Pero, aun sin la interferencia directa de aquellos que tenían el poder de interferir, el proceso se veía habitualmente frustrado por la inexistencia de uno o más elementos del proceso: reserva acumulada en forma monetaria, fuerza de trabajo destinada a ser utilizada por el productor, redes de distribuidores, consumidores que fueran compradores. (p. 3, el resaltado es nuestro)

El fenómeno que comienza a generarse a partir de la incorporación del Atlántico a las fronteras de la explotación europea de la naturaleza —que, al término de un siglo, abarcaría los océanos Índico y Pacífico— fue la noción de mercado, entendido este como la expansión de fronteras de explotación, la incorporación de mercancías novedosas y apetecidas, y la obtención de ganancias extraordinarias. Iniciaba, así, un proceso acelerado de mercantilización de cada eslabón de la cadena, necesario para la reproducción del capital. Siguiendo con Wallerstein (1988):

  • El capitalismo histórico implicó, pues, una mercantilización generalizada de unos procesos —no solo los procesos de intercambio, sino también los procesos de producción, los procesos de distribución y los procesos de inversión— que, anteriormente, habían sido realizados a través de medios distintos al “mercado”. Y, en el curso de su intento de acumular más y más capital, los capitalistas han intentado mercantilizar más y más capital, los capitalistas han intentado mercantilizar más y más procesos sociales en todas las esferas de la vida económica. Dado que el capitalismo es un proceso asocial, de aquí se desprende que ninguna transacción social ha estado intrínsecamente exenta de una posible inclusión. Esta es la razón de que podamos decir que el desarrollo histórico del capitalismo ha implicado una tendencia a la mercantilización de todas las cosas. (p. 4)

La magnitud de apropiación de territorios deshabitados, como en el caso de la isla de Madeira, o habitados por humanos no europeos, como las costas de África o la América insular y continental, desató una serie de retos y conflictos para los nuevos colonizadores. Como plantea Marx, la apropiación de riquezas naturales (minerales o agrícolas) transformadas en las periferias de las emergentes metrópolis, por trabajo esclavo o de muy baja remuneración, fue un elemento clave para la acumulación de riqueza almacenable (como lo eran el oro y la plata) y transformables en mercancías (como la caña de azúcar y el algodón). Progresivamente, el capitalismo demandó una fuerza de trabajo local que procesara las ingentes cantidades de materias primas, a través de la formación de un proletariado; así, aparecería una clase desposeída de su propiedad sobre los medios de producción, que no posee sino su fuerza de trabajo y la dependencia de su salario. Naturaleza y trabajo mercantilizados serían las bases materiales para la consolidación del capitalismo.

El imperialismo económico primero fue ecológico

Los modos de producción constituyen modos de vida, y esto incluye las fuerzas productivas (trabajo, naturaleza, conocimientos y tecnologías) y las relaciones de producción que, a su vez, regulan las relaciones entre las personas en el proceso de producción de bienes. Por tanto, la interacción o el metabolismo entre los seres humanos y la naturaleza es inherente a la condición humana; el imperialismo también constituye un metabolismo socioecológico, en donde productos y productores son moldeados por la naturaleza, entendida, esta última, como la trama de la vida (Harvey, 2014; Moore, 2023).

Veamos, entonces, cómo la ecología coprodujo el imaginario europeo que daría pie al imperialismo económico, que Wallerstein acuñara como economía-mundo.

Está claro que, a lo largo de la historia, algunos asentamientos humanos propiciaron espacios en donde las transformaciones del entorno, como consecuencia de la relación metabólica determinada por la producción, generaron cambios ambientales más o menos drásticos, pero estos ocurrían en lapsos de siglos y en superficies acotadas. A partir de 1450, las alteraciones que tendrían lugar en los territorios y sus implicaciones adquirirán escalas transoceánicas, y las transformaciones ambientales y sociales ocurrirán en décadas. Una evidencia de este fenómeno es el registro de un descenso en las emisiones de dióxido de carbono, como consecuencia de la reducción de la actividad agrícola en el continente americano, producto del genocidio perpetrado por los europeos (Koch et al., 2019). Plantean Patel y Moore (2017) que, entre 1450 y 1750, se sentaron las bases para una nueva era de las relaciones de los humanos con el resto de la naturaleza, teniendo como epicentro Europa: iniciaba el capitalismo como modo de producción y determinante de las nociones de ser y de existir.

En la Europa mediterránea, a lo largo del siglo XV, la presión por tierras agrícolas; por la madera, para la construcción de embarcaciones; y los recursos para el pago de deudas contraídas por guerras alcanzó un máximo. La necesidad de expandir las fronteras de producción emergió en el imaginario de los grandes poderes del momento; “fue en un experimento, en uno de los primeros puestos coloniales portugueses, donde muchas de las características del mundo moderno fueron convocadas por primera vez, en la fabricación de uno de los primeros productos capitalistas: el azúcar” (Patel y Moore, 2017, p. 14).

La isla de Madeira no solo va a constituir un enclave fundamental para la obtención de madera (de allí, su nombre), sino que, a partir de sus suelos fértiles, por su origen volcánico, se va a favorecer la explotación de un producto conocido, pero esquivo para las cortes europeas, como lo era el azúcar cristalina extraída de la caña de azúcar, cultivo fundamentalmente tropical. La llegada de los portugueses a estas islas deshabitadas implicó una nueva relación con una naturaleza despoblada: no había un “otro” que reclamara, resistiera o defendiera el nexo a la tierra, y toda la vida contenida en ella. Para su administración, la Corona portuguesa implementó un modelo feudal de repartición, conocido como donatarias, que resultó muy atractivo para la inversión de capital por parte de los nobles de tierra firme. Si bien la Corona mantenía la propiedad, los territorios podían ser heredados por los descendientes de los propietarios. Estos, a su vez, podían disponer de terrenos en el perímetro de sus donatarias para la expansión de sus actividades. Este modelo de apropiación y administración de tierras fue, décadas más adelante, emulado por los portugueses en sus nuevas colonias, independientemente de la existencia de población local. Desde Sicilia, llegaron las primeras socas de caña que, con buenos suelos y abundante agua, se convirtieron en la preciada mercancía producto de una naturaleza barata (Patel y Moore, 2017) y una potente confirmación de la utilidad de la expansión de las fronteras de producción, mediada por el transporte en navíos.

Las fronteras (de producción) se convirtieron en la lógica geográfica y demográfica del poder de las metrópolis. El ejemplo de la dulce Madeira no fue menor. Para finales del siglo XV, las coronas de España y Portugal se encontraban fuertemente endeudadas con los financistas genoveses, tras la guerra de la Reconquista cristiana en contra de la presencia centenaria de los pueblos musulmanes, al sur de la península ibérica. La presión ejercida por las deudas y el éxito temprano de la colonización/explotación de Madeira estimularon la idea promisoria de la obtención de riquezas por medio de la conquista del Atlántico; nuevas guerras y nuevas fronteras se abrieron al imaginario ibérico. Con esto, un nuevo poder continental emergió.

A diferencia de la expansión local de los pueblos en pos de tierras o recursos, como expansión sociopolítica que abarca nuevos territorios, Moore propone a la frontera como una categoría conceptual, condición inmanente al capitalismo para su existencia. Una frontera, definen Patel y Moore (2017), es un lugar donde

… las crisis fomentan nuevas estrategias para obtener ganancias. Las fronteras son fronteras, porque son las zonas de encuentro entre el capital y todo tipo de naturaleza, incluidos los humanos. Siempre se trata, pues, de reducir los costos de hacer negocios. El capitalismo no solo tiene fronteras; él existe solo a través de fronteras, expandiéndose de un lugar a otro, transformando las relaciones socioecológicas, produciendo cada vez más tipos de bienes y servicios que circulan a través de una serie de intercambios en expansión. Pero, aún más importante, es que las fronteras son sitios donde se ejerce el poder, y no solo el poder económico. A través de las fronteras, los Estados e imperios utilizan la violencia, la cultura y el conocimiento para movilizar la naturaleza de bajo costo. Es este abaratamiento el que hace de las fronteras un aspecto central para la historia moderna y que hace posible la expansión de los mercados capitalistas. (p. 18 y 19)

La narrativa del imperialismo es la historia de la expansión de fronteras, transformando las concepciones de naturaleza, producción, sociedad y tecnología, en los tres siglos que siguieron a la mercantilización del azúcar. Moore (2016) acuñó, además, el término de naturaleza barata, como un marco interpretativo para la novedosa concepción de la organización de la naturaleza que emergió del capitalismo. Aclara Moore que barato no se refiere a gratis: “Barato se entiende aquí como trabajo/energía y utilidad biofísica producida con una fuerza de trabajo mínima y directamente implicada en la producción y el intercambio de mercancías” (p. 99). Territorios, territorialidad, naturaleza, recursos (agrícolas y minerales), obtenidos por medio de la expansión de las nuevas fronteras —ejercidas desde el poder, el dominio, el control y la transformación— estarían sometidos a una novedosa reconceptualización de la naturaleza no-humana (Pineda, 2021), progresivamente des-sacralizada, racializada, objetivada; es decir: una naturaleza mercantilizada. La economía-mundo era, en esencia, una manifestación de la seminal y original ecología-mundo (Moore, 2016).

Vaivenes de la naturaleza y la emergencia del capitalismo Es difícil, desde la narrativa, la historiografía y el metarrelato científico-tecnológico que nos constituye, culturalmente, considerar que el clima haya podido definir, en el fondo, la existencia humana en el planeta; en especial, sus modos de producción y migraciones. Por una parte, porque la historia que nos hemos construido tiene enormes sesgos hacia los sucesos de los últimos diez mil años, con un malintencionado giro geográfico por la historia de Europa de los últimos 530 años; y la otra razón ha sido el desprecio por conocer la historia de otros modos de producción, distintos al capitalista, que aún conviven con nosotros; esos que la modernidad ha denominado “primitivos”. Climáticamente, la historiografía de los últimos diez mil años coincide, de manera laxa, con el período del Holoceno; término con el que se describe un breve tiempo geológico, caracterizado por un clima cálido (un período interglaciar) y con una alta predictibilidad de la estacionalidad climática (Rockström et al., 2009). Numerosos autores consideran que esta concordancia no es casual. La existencia humana sobre la faz de la Tierra se había dado en el Pleistoceno, durante unos 150 mil años, período caracterizado por una mayor variabilidad climática y extensas temporadas frías; por ello, se considera que la cacería y la recolección asociadas a migraciones temporales permitían adaptarse mejor al clima prevaleciente, en contraste con la agricultura.

A pesar de la estabilidad climática a lo largo del Holoceno, pequeños vaivenes climáticos (principalmente en los patrones de precipitación y temperatura media anual) han sido registrados en los últimos dos milenios; Moore, en su conceptualización del capitalismo como una ecología mundo, destaca las relaciones de estas anomalías con fenómenos sociopolíticos relevantes de la historia feudal y pre-capitalista de Europa occidental.

La segunda mitad del medioevo se caracterizó por un período tibio y estable que duró unos 300 años, entre 950 y 1250, con inviernos suaves y temporadas de siembra más extensas. Estas condiciones favorecieron: una gran extensión de las superficies dedicadas a la agricultura, la invención de tecnologías agrícolas mejor adaptadas, mejoras en la calidad de la alimentación (que se vio reflejada en la salud) y la posibilidad de almacenar cereales. Esto último permitió que parte de la población no se dedicara a la agricultura; como un todo, la población de Europa creció. Los señores feudales acumulaban poder en forma de dinero o cereales. Posiblemente, este buen momento alimentó las ansias de expansión; coinciden con este período las cruzadas, dirigidas hacia el próspero Mediterráneo oriental, y la reconquista de la península ibérica, por parte de los reinos de Castilla y Aragón.

Para 1315, se tiene conocimiento de un período extremadamente húmedo que se extendería por un par de años y tendría un efecto desastroso sobre la producción agrícola; las hambrunas se extendieron varios años y la población de Europa se redujo en un 20 %. Apareció la peste negra en 1347 y, con ella, y el hambre, las revueltas populares estaban a la orden del día. No es de sorprender que este período llevara a Hobbes, décadas más tarde, a plantear que el hombre es el lobo del hombre. El feudalismo europeo había entrado en crisis: su lógica de poder, producción y naturaleza se desplomaron.

La memoria de tiempos mejores aún estaba en los pueblos: buenas cosechas, inviernos cortos, enormes superficies montañosas aptas para los cultivos; en fin, salud y riqueza: se habían comido las maduras y tocaban las verdes; pero eso no se olvida. Deudas, guerras sin acabar, descontento campesino y señorial y la conciencia de territorios ricos, más allá de Europa, sumaron para la búsqueda de nuevas fronteras, y así ocurrió. Además, iniciaba la Pequeña Edad de Hielo, un fenómeno regional del norte del Atlántico que se extendería desde el siglo XIV hasta mediados del siglo XIX.

Este período frío también tuvo consecuencias sociopolíticas que devinieron en geopolíticas. La naturaleza impredecible, que arremetía contra la agricultura y el bienestar de los pueblos, requería de control y dominación; territorios con climas más benévolos estaban al alcance de las embarcaciones y resultaban altamente productivos; una gradual mercantilización de los procesos estaba en desarrollo y, con ello, el control de los financistas. Con el quiebre del feudalismo y el debilitamiento del papado, emergen los Estados guiados por la fuerza religiosa del protestantismo. La Pequeña Edad de Hielo ocurriría en una nueva Europa, una transoceánica y bajo una concepción totalmente distinta a la prevaleciente durante el feudalismo; la ecología-mundo tenía una nueva cosmovisión, moderna.

El imperialismo como control y saqueo de la naturaleza

El agotamiento de las condiciones agroecológicas de los últimos siglos del feudalismo europeo presentaba consecuencias geopolíticas. La aparición de América en el imaginario ibérico no fue un evento menor. Por un lado, a diferencia de Madeira, no estaba despoblada, pero esa población y territorios no correspondían con las Indias orientales, con las que se comercializaba (principalmente por tierra), desde siglos atrás. Por otra parte, América no estaba incluida en el metarrelato fundacional del cristianismo, en específico, en el repoblamiento a partir del Arca de Noé: los descendientes de Sem, Cam y Jafet no prosperaron en este continente. Ellos solo se habrían dispersado en las tres partes del mundo conocidas para el cristianismo (Michael, 2022). El debate entre Ginés de Sepúlveda y Bartolomé de las Casas en 1550 (precedido por la bula Sublimis Deus de 1537) constituyó un hito fundamental en el proceso de racialización de las relaciones europeas, en torno a los más recientes hallazgos (naturaleza y capacidad de trabajo); no es menor que a los “indios” también se les conociese como naturales. Aunque la bula de 1537 y el debate de Valladolid reconociesen el carácter humano de los indígenas americanos y la potencialidad de hacerse al cristianismo, la simple disputa (o cuestionamiento) refleja la postura cultural ante la existencia de estos. La experiencia exitosa de los portugueses en islas despobladas era una invitación a la consideración de una “América despoblada de humanos”, fundamentalmente por un interés ético-mercantil. Finalmente, una realidad se daba en el papado o cortes ibéricas, y otra sobre los territorios en disputa en América.

En 1492, cual golpe de magia, se expandían las fronteras ibéricas de tal forma, que solo podían conmocionar culturalmente. La experiencia portuguesa de Madeira, como laboratorio de naturaleza barata, y engranada en los eslabones mercantiles, adquiría una nueva dimensión. La experiencia temprana de las plantaciones de caña de azúcar ahora encontraría tierras abundantes en las islas del Caribe y la costa de Brasil, y con la naturaleza barata, la fuerza de trabajo barata. Con las plantaciones de caña, apareció una modalidad de producción, proyectada de la experiencia de las donatarias portuguesas; violencia y des-sacralización sentarían las bases para el racismo como concepción cultural. Para los europeos, América estaba ausente de su cosmovisión, ancestralidad e identidad. Emergía, en el largo siglo XVI, una ontología que separaba de forma jerárquica a la cultura de la barbarie, al monoteísmo del politeísmo, y la propiedad sobre la naturaleza, como herencia divina, devenía en saqueo.

Para producir un kilo de azúcar, había que quemar, al menos, 40 kg de leña. Así Madeira, en menos de un siglo, ya no pudo honrar su nombre; pero en América la historia sería otra: extensos bosques cayeron para dar espacio a las plantaciones y ofrecieron abundante leña para la refinación del azúcar; ¡bienvenida la energía barata! Los saqueos en oro y plata fueron descomunales; inicialmente, a partir de las posesiones culturales y, luego, directamente, de los yacimientos. Para las cortes europeas y las burguesías emergentes al norte, el capital ya no estaría constituido por cereales almacenados; serían metales preciados hard cash.

La abundante naturaleza barata requirió de abundante fuerza de trabajo barata. Nuevamente, los portugueses dieron la campanada. Ya no Madeira, sino Santo Tomé fue la experiencia exitosa a emular. Para 1530, la isla de Santo Tomé lideraba la producción de azúcar de todo el Atlántico; el secreto, además de suelos fértiles, era la mano de obra esclava, proveniente de Gabón y Guinea. Así que la idea de traer esclavos de África, como fuerza de trabajo en el Caribe, costa de Brasil y el sur de los Estados Unidos, tenía ya una garantía de éxito. La racialización emergente les daría a los indios o naturales la potencialidad de hacerse al cristianismo, pero, para los africanos, la categoría sería la bestialización. Las razas caracterizarían el mapa social de Europa; con ellas y la aparición de América, se instauraría un nuevo dualismo: sociedad-naturaleza.

Las fronteras se hacen globales

Las décadas de control y administración de los Países Bajos, por parte de la Corona española, favorecieron el trasvase de capitales y riquezas a esta región del norte del Atlántico (1566-1648). Los puertos de Amberes y Ámsterdam cobrarían notoriedad en el tránsito de mercancías del continente, incluida la proliferación de refinerías de azúcar, a partir de la caña, proveniente de las colonias holandesas del Atlántico.

Para inicios del siglo XVII, los capitales, la madera —proveniente de los países nórdicos, utilizada como fuente de energía y para la construcción de embarcaciones— y un conjunto de corporaciones, basado en un sistema financiero sólido, permitieron a los holandeses colonizar diversas zonas costeras de América y de Asia, y mercantilizar las cadenas de producción a través de sendas Compañías Holandesas, la de las Indias Orientales y la de las Indias Occidentales. Para la fecha, Holanda (a diferencia de España y Portugal) se había separado del papado, y la religión protestante constituiría la ética mercantil, en expansión colonial-imperial.

Las distintas corrientes protestantes que se expandieron en Inglaterra, Francia, Alemania y los propios Países Bajos privilegiaban el trabajo, por encima de otras actividades humanas. Era una época en que la elección para la vida eterna —la entrada a la Ciudad de Dios descrita por San Agustín— estaba signada por una vida terrenal efímera y preciada, donde la “pérdida” de tiempo era, en sí, un pecado mortal. Para ese entonces, en las metrópolis, el trabajo obrero, además de ser enajenado de la naturaleza proveedora y de restringirse al salario, era un acto de fe. En pocas generaciones, se logró una noción que aún nos acompaña en la sociedad industrial actual, que es la siguiente: la abstracta y compleja aceptación de que el trabajo se mide en tiempo y, más impresionante aún, de que el trabajo y la vida son dos constituyentes separados de la existencia humana. Ese proceso inicial de domesticación fabril, destinado a la explotación del trabajo humano, contó con un dispositivo de control esencial para el capitalismo, el reloj; con este, se fraguó una nueva subjetividad con relación al tiempo.

Pero este proceso disciplinar no hubiese sido tan expedito —solo tomó tres generaciones (Thompson, 1967)—, sin la internalización y la transformación de la subjetividad colectiva a favor de esta transición de la vida rural a la vida fabril. En síntesis, Weber (2005) afirma “el calvinismo fue históricamente uno de los agentes de educación en el espíritu del capitalismo” (p. 148); de hecho, la novel burguesía holandesa, francesa y alemana tendría como cobijo a la ética protestante, emanada de la Reforma.

Además de sus colonias en América, el Imperio holandés colonizó el archipiélago de Indonesia y, con ello, controlaba el paso de mercancías del lejano oriente hacia Europa; durante un siglo su poderío naval, comercial y f inanciero fue incuestionable. Al tiempo que los Países Bajos se erigían, a expensas de las excolonias portuguesas, como imperialismo multioceánico; Inglaterra capitalizaba, progresivamente, sus colonias de ultramar. Sin embargo, el primer gran experimento inglés ocurrió en casa y rápidamente lo proyectó en las sucesivas fronteras: los encerramientos (enclosures). Los encerramientos fueron un experimento local de apropiación de los bienes comunes (la naturaleza no humana) en manos de propietarios, y la concomitante exclusión del campesinado. Este fenómeno constituye el germen del proletariado, el sujeto desposeído de tierras arables, agua, bosques; es decir: alienado de la trama de la vida (Polanyi, 1962). Nacía, a trompicones y de formas muy variadas, la propiedad privada. En Irlanda, en específico en la provincia de Ulster, los ingleses imponían, de forma violenta, colonos provenientes de Escocia y del norte de Inglaterra, de religión protestante, en tierras confiscadas al pueblo gaélico; la estrategia utilizada sería los encerramientos f inanciados con capitales privados; la consecuencia fue el desplazamiento forzado de la población local. Años más tarde, Hobbes, privilegiando la propiedad privada, publicaba Leviatán, sentando las bases del materialismo posesivo, distintivo del capitalismo liberal burgués que constituye al Estado moderno (MacPherson, 2005).

La expansión inglesa transatlántica fue una experiencia muy distinta a la ibérica. Inglaterra expandiría sus fronteras sin los pruritos católicos o el poder del papado y con una marca de origen, el control y dominio de la naturaleza, inferiorizada y “peligrosa”, aquella que Francis Bacon dictaminaría como separada del hombre, separada de la cultura. Sin embargo, la violencia y el racismo, que caracterizó al joven imperialismo inglés, y que tenían su semilla en 1492, simplemente se reconfiguraron y se racionalizaron a la inglesa. Desde la filosofía, desde los más altos valores societales del orbe británico, se entendía como “naturaleza” a los ríos, animales, plantas, indígenas, mujeres, negros; todo aquello que podría convertirse en bienes baratos y que, por tal razón, poseían una carga valorativa muy inferior a la condición del sujeto (europeo, racional, protestante y culto), que, desde su supremacía moral, podría disponer (y disponía) de sus destinos.

Tomando ventaja de las guerras franco-holandesas, Inglaterra cabalgará sobre los territorios (en su mayoría, insulares o costeros) del Imperio holandés, pero de forma más agresiva: iría tierra adentro. Toda África oriental, desde Egipto hasta Sudáfrica, la India, Australia, Canadá, además de la costa este de los Estados Unidos y colonias del Caribe, formaron parte de una nueva y gran frontera de naturaleza barata (y su añadida mano de obra barata); mientras, en la metrópoli, se configuraba la explotación del trabajo barato en las formas del proletariado emergente. Enormes cantidades de algodón, provenientes de los Estados Unidos, ya no podían procesarse artesanalmente; la vida fabril requería un rediseño de las ciudades; tierra adentro implicaría que los barcos no bastaban, aparecerían los trenes; el agotamiento de los bosques de las islas británicas presionó para el uso de las legendarias minas de carbón: con el carbón, la energía barata alcanzó una dimensión geológica.

Con las fábricas, las tecnologías; con la propiedad privada, la contaminación pública; con el saqueo del trabajo y de la naturaleza baratos, la pobreza; con la supremacía del sujeto propietario, la negación de las mujeres; la Europa metrópolis estaba tan atiborrada de violencia simbólica y contradicciones que la tarea de Carlos Marx, Víctor Hugo o Charles Dickens fue plasmarlas.

Cristiandad, racismo, modernidad y conocimiento: legitimación del imperialismo ecológico

El tránsito de la Europa católica y feudal a la Europa protestante y mercantilizada se caracterizó por una pretendida desconexión con el pasado reciente, al estilo refundación. Como buen ejercicio de negación del ser, se logró una resemantización del viejo ser en un nuevo cuerpo. A este proceso se le llama secularización, o el tránsito del cristianismo a la cristiandad. Pero no se puede negar que algunos elementos cambiaron profundamente, o profundos fueron los cambios que suscitaron.

Este período coincide con la expansión global de los Imperios holandés e inglés. A estos, la pretensión global se les subió a la cabeza; literalmente, se autorrepresentaban como la manifestación humana más elevada; tanto es así que creyeron “librarse” de dioses y magias. No es menor la influencia que ha tenido, desde entonces, en la cultura occidental, la escisión propuesta por René Descartes entre la mente y el cuerpo, que privilegia a la razón. La racionalidad adquirió un auctoritas que aún prevalece en nuestras sociedades, cuatro siglos después. Con la autoridad de la razón (por supuesto, atribuible a —y propia de— pocos), se legitimó la inferiorización del cuerpo, y de todo aquello carente de razón (mujeres, naturaleza no humana y muchos humanos hechos naturaleza). Se fundaba, así, una sociedad configurada desde la razón, desde el conocimiento científico como política social y económica, basada en el control —ahora justificado— de las naturalezas. Europa también secularizó la concepción universal del cristianismo. Así, la razón mercantil, protestante, liberal, no era solo la razón europea, era la condición universal de razón, por lo que el mundo, en su totalidad, debía ser explicado y domesticado desde ella.

El imperialismo inglés, que ahora regía las olas, estaba guiado por las fuerzas de la ciencia, el progreso, la racionalidad (esto es, la modernidad); a partir de allí, estableció y reglamentó instituciones, relaciones sociales y pre-juicios, teniendo como esencia la mercantilización progresiva de todos los aspectos de la vida (i. e., producción capitalista) y las escisiones ontológicas o dualismos tomados de la Europa católica (cultura/barbarie; monoteísmo/ politeísmo; blancos/indios y negros), ahora legitimados científicamente, al añadir razón/cuerpo y hombre/ naturaleza. La modernidad es, simultáneamente, un fenómeno esencialmente racista, legitimado por un patrón de conocimiento (ciencia) que racionaliza el racismo, para hacerlo ideología y cultura, y que seculariza la cristiandad (Colmenares y Grosfoguel, 2024). Con Moore, diríamos que la barbarie, el cuerpo, el indio y el negro, los politeístas, la naturaleza son los baratos de la ecuación.

No es de sorprender que, desde esta noción de superioridad (teledirigida por la mercantilización), una tarea esencial fuese la prospección de todas las formas de naturaleza, así como su identificación y clasificación desde la noción de utilidad, justificada por la razón y el progreso. La taxonomía de las plantas se convirtió, durante el siglo XVIII, en la tarea principal de los botánicos de jardines y herbarios, entre ellos Linneo y Buffon. Décadas más tarde, se emplearon científicos dedicados, inicialmente, a registrar y reportar la riqueza de fauna y flora del globo, su distribución, usos comerciales y la posibilidad de reproducirlas en la metrópolis. Destacan, entre estas figuras, Humboldt y Darwin, en Suramérica; Spix y Saint-Hilaire, específicamente en Brasil; y Wallace, en Asia (Herrera et al., 2018).

Ya no era en nombre de un monarca, o de un emperador, o del dios cristiano; ahora, en nombre de la ciencia, se legitimaba el dominio imperial sobre la naturaleza y, por transitividad, se convertía en una útil herramienta para regular y mercantilizar la vida social en las fronteras del capital.

Pero ¿cuán cristiana es la ciencia? Lynn White (1967) plantea que el deterioro ambiental del planeta, como consecuencia de las tecnologías emergidas desde el pensamiento científico, no puede ser comprendido sin considerar la actitud hacia la naturaleza, profundamente embebida en el dogma del cristianismo. La creencia cristiana segrega la esfera de lo sagrado del entorno natural, asignándole, así, simplemente el nivel de una estructura de soporte, donde ocurre la vida humana. En términos de Pattberg (2007), la historia de la creación es, esencialmente, una historia de autorización y legitimación. Dios transfiere su autoridad ilimitada sobre todas las criaturas vivientes del mundo al hombre, convirtiéndolo en el “Señor de la naturaleza” (Pattberg, 2007). Señor de la naturaleza, pero no por delegación de Dios, sino por elevación de clase, será la imagen fundadora de la ciencia moderna, de la pluma de Francis Bacon, a comienzos del siglo XVI. Bacon dará un giro a la narrativa de la cristiandad, privilegiando el dominio del hombre sobre la naturaleza, en las manos de la emergente clase burguesa, en la forma de conocimiento científico; en este sentido, el filósofo británico incorporará toda la carga simbólica del judeo-cristianismo en la relación hombre-naturaleza, minimizando la carga bíblica e institucional. Visto transcurrir cuatrocientos años de ideología científico-cristiana, Popper (1994) sentencia: “… esta idea, esta peligrosa idea, del dominio del hombre sobre la naturaleza —de hombres como dioses— ha sido una de las ideas más influyentes a través de las cuales la religión de la ciencia ha transformado nuestro mundo” (p. 85-86). A partir de Francis Bacon, la relación entre conocimiento científico y poder imperial irían de la mano, como sustento ideológico en la expansión colonial inglesa y su imperialismo ecológico (Clark y Foster, 2009; Oppermann, 2007).

El despliegue del imperialismo inglés en Australia, Canadá, India y África supuso una expansión de las fronteras, donde la violencia, propia del racismo contra los otros (naturalizados) y contra la naturaleza, tuvo un alcance extraordinario. Con la expansión de las fronteras iba la ideología contenida: la línea que separaba al ser del no-ser. El pre-juicio de barato (esto es: sin valoración o con muy poca) adquirió un estatus de universal y civilizado; este período correspondió al florecimiento de las ciencias naturales y la consolidación de las ciencias sociales, que hoy nos constituyen.

Si bien el despliegue del imperio inglés fue global, los tratados de Westfalia (de 1648) preservaron, temporalmente, ciertos niveles de “respeto y diplomacia” entre los Estados recién configurados en Europa, no exentos de conflictos internos, como las guerras franco-holandesas o anglo-holandesas, que tenían como epicentro el control de eslabones de la cadena de mercantilización de la ecología mundo de entonces.

Un aspecto que reviste interés, como resultado del nuevo orden mundial emergido a partir de los tratados de Westfalia, es la repartición del continente africano, un par de siglos más tarde. África, la frontera compartida, desató las nociones más brutales del concepto mooriano de barato; sobre una población más que racializada y barbarizada (a diferencia de India, por ejemplo), la noción de saqueo de la naturaleza alcanzó su dimensión actual. De esta misma época es, precisamente, la conformación de la ecología disciplinar, en el seno de la metrópolis inglesa (segunda mitad del siglo XIX). El imperialismo ecológico, dibujado por Bacon, convirtió a África en un lienzo ensangrentado.

El texto de Lenin (1963) conocido como Imperialismo, fase superior del capitalismo (un esbozo popular) señala que el rasgo característico del período que corresponde a las últimas décadas del siglo XIX es el final de la repartición del globo; la política de los países capitalistas había completado la toma de los territorios desocupados de la disputa imperial precedente. La repartición, plantea el autor, no es definitiva, pues estará sometida a la continua re-repartición por parte de las fuerzas imperiales. Lenin no se equivocó; desde esos días, la historia contemporánea ha estado signada por los conflictos asociados a la adquisición de naturaleza y mano de obra baratas, indispensable para la reproducción capitalista.

Producto de los 30 años de guerra (1914-1945) entre los bloques europeos imperiales, y a partir de una suerte de metrópolis satelital del imperialismo inglés, emergieron los Estados Unidos, como gran epicentro de la violencia y reproductor legítimo del ejercicio de control y saqueo de las fronteras del capital. La modernidad inglesa quedó transferida al imperialismo estadounidense, ontológica y éticamente. Ligeros matices distintivos aparecieron, como el excepcionalismo cultural, una suerte de invención en torno a la idea de que los Estados Unidos es un país único e incluso, moralmente “superior” por razones históricas, ideológicas o religiosas. Esto no es más que un metarrelato social que reconfirma, en lo que otrora fue una frontera del capital, los determinantes ontológicos que, a partir de la cristiandad, adquirieron forma racional con el dualismo cartesiano.

Crisis de las fronteras: la globalización como ardid del capitalismo

La sociedad de consumo, diseñada como consecuencia de la Gran Depresión de los 30, tuvo su más amplio despliegue una vez culminada la II Guerra Mundial. Las consecuencias de estas políticas, asociadas a un diversificado desarrollo tecnológico y la incorporación de crecientes masas humanas a la sociedad de consumo, comenzaron a tener consecuencias ambientales locales y regionales; recientemente, a ese fenómeno se le ha denominado la Gran Aceleración (del capitalismo) (Steffen et al., 2011). Pero, con la Gran Aceleración inició, también, la gran alerta: el capitalismo agotaba las fronteras de crisis y saqueo, de las cuales es altamente dependiente.

En América Latina, esta alerta se tradujo en la militarización de la región, principalmente de los Estados más industrializados, con el objeto de re-convertirlos en fronteras de primer orden; es decir: únicamente como fuentes de naturaleza y mano de obra baratas. Este proceso inició con la militarización de algunos países en la década de los sesenta y se intensificó en la siguiente. Luego de este período de violenta represión, para la transformación/domesticación socioeconómica (doctrina del shock), resultaba inadmisible que la metrópolis de la democracia y de la libertad imperiales propiciase y mantuviese, de manera abiertamente palpable, estos regímenes de terror. Llegó el momento para el neoliberalismo, y la violencia sería ahora institucional y científica; el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, la Organización Mundial del Comercio y las políticas de endeudamiento y ajuste estructural fueron las herramientas más elegantes que el mercado total encontró para garantizar el funcionamiento de las fronteras, ahora bajo coacción no explícita.

Paralelamente, parte de la economía real estadounidense (su componente industrial) se trasladaría al sureste asiático y China, buscando la maximización del capital, a través de la mano de obra barata. De la sociedad industrial que caracterizó al siglo XX de los EE. UU., apenas quedó la sociedad de consumo y la superestructura de la sociedad tecnológica; por otra parte, la economía financiera y bursátil emergería como un gran nuevo cuerpo de la vida globalizada. Economías cruzando el orbe se conjugaron con la dádiva de socializar una tecnología generada para el ámbito militar, la comunicación por internet. Ahora, “todos” estábamos globalizados y conectados, aunque fueran unos pocos.

Veltmeyer (2019) sugiere que la globalización fue un ardid para fortalecer monopolios de las cadenas de producción capitalistas, respaldados por los intereses de determinados Estados nación. La popularidad del período estuvo más relacionada con la ideología liberal (la política de la tercera vía) y los mitos de las tecnologías de comunicación y/o entretenimiento. Como estrategia de fronteras, estuvo diseñada para mejorar los intereses de las potencias imperiales, abriendo los mercados de los países más débiles.

Este período tiene como gran ícono el desplome de las Torres Gemelas de la ciudad de Nueva York, en septiembre del año 2001. Se hace propicio mencionar un fenómeno poco comentado en la literatura, que bien podría relacionarse, de manera causal, con el ataque a las mencionadas torres. En noviembre de 1999, se organizó en la ciudad de Seattle, Estados Unidos, la convención de la Organización Mundial del Comercio, un ente que, en pocos años de globalización, había corporizado el repudio de muy diversas formas de organizaciones laborales, ambientalistas, de derechos humanos, indígenas, por mencionar algunas. Dos años después, se promulgaría la ley Patriota (Patriot Act), un dispositivo legal que abría a las agencias de seguridad del Estado múltiples puertas legales para la vigilancia personal, y la acción judicial ante cualquier comportamiento, comunicación o actividad que pudiera considerarse lesiva para la seguridad de los Estados Unidos. Esta ley, por supuesto, encontró su justificación como consecuencia del evento de las Torres Gemelas, no de los disturbios de Seattle (Herrera, 2022a). Puede interpretarse que, desde finales del siglo XX, el acceso a la naturaleza y la mano de obra baratas demandaron, además de la histórica violencia, elevados niveles de control y vigilancia social. Por otro lado, la “excusa” para re-repartir (al modo expresado por Lenin) las fuentes de combustibles fósiles y opio de Asia y África estaba clara (las fronteras requirieron un ajuste). Pero, años más tarde, el imperialismo realmente existente quedó al desnudo, vino la recesión de 2008: el imperio estadounidense está quebrado.

Rafael Bautista (2021) plantea: … [que] el fracaso del neoliberalismo es también fracaso del capitalismo; pero no por acumulación de crisis, pues el capitalismo siempre ha estado en crisis, es más, necesita de la crisis para seguir su espiral acumulativa, es decir, necesita poner en crisis todo, para legitimar su afán exponencial. Lo que hace ahora que este fracaso sea definitivo son los límites finitos de la vida, que se han venido encargando, desde finales del siglo XX, de hacer ya imposible las expectativas exponenciales, es decir, infinitas, del capital. (p. 206)

Así, la ecología-mundo incorporó, a los límites en la expansión de fronteras del capitalismo, un nuevo condicionante: la crisis ambiental planetaria, representada por la crisis climática en primera fila.

El imperialismo yanqui en el siglo XXI: más control que expansión, en medio de la desesperación

El fenómeno de la crisis ambiental global, como gran externalidad acumulada de la noción de naturaleza barata, es, a veces, acotado como cambio climático o crisis climática; pero va mucho más allá del clima, abarca los suelos, el ciclo del agua, la vida en los océanos, la pérdida de diversidad y aspectos tan complejos como el desbalance o la disrupción de los ciclos del nitrógeno y del fósforo, a nivel planetario. Tales procesos están produciendo alarmantes transformaciones sobre las condiciones para la vida en el planeta: la ecología-mundo inicia un nuevo período, sin duda, y los capitalistas lo saben. Para el entendido de este fenómeno hoy, el planeta, tendrá, al término de este siglo, condiciones climáticas, biológicas y ecosistémicas extremas, en comparación con las conocidas por la experiencia humana en los últimos 10 mil años, no solo durante el feudalismo europeo. Más aún, la combinación de factores climáticos, contaminación y tasas de extinción de especies también sugiere que el planeta tendrá condiciones ecosistémicas muy distintas a las características inferidas, que habría tenido el planeta durante el Pleistoceno; esto es, unos 2.6 millones de años atrás. Suponer que estas transformaciones ecológicas no afectarán la producción de alimentos, como sí lo hicieron durante el óptimo climático medieval (950-1250) o en la Pequeña Edad del Hielo (1300-1850), es un grave error; ya la están afectando. Las tecnologías actuales para la producción de alimentos, por más que tengan una publicidad tendenciosa hacia la infalibilidad del automatismo, son altamente dependientes de los ciclos ecológicos. Cabe decir que la agricultura no es más que un ecosistema modificado para mantenerlo en un estadio ecosistémico seleccionado; por lo tanto, su imbricación con la dinámica de los ciclos biogeoquímicos del planeta es inevitable y toda pretensión científica de obviar esta realidad es una irresponsabilidad (Herrera, 2022b).

Cuando sumamos la convicción de los capitalistas acerca del agotamiento de las fronteras necesarias para la reproducción del capitalismo y a esa realidad la colocamos en un contexto de enormes incertidumbres, es comprensible que el imperio del capital esté desesperado.

Jason Moore (2022) expresa esta desesperada encrucijada, en estos términos:

Aunque es poco probable que el ultraimperialismo estadounidense tenga éxito (y por esta misma razón) debemos explicarlo. La desesperación aumenta a medida que se rompe el dominio del imperio. Mientras el fin de la naturaleza barata se entrelaza con la desestabilización de la agricultura mundial provocada por el calentamiento global, la tentación de encontrar una solución militar a la crisis trascendental del capitalismo es extraordinaria. Para el principal complejo militar-industrial del planeta, es nada menos que irresistible. (p. 14 y 15)

El consenso que otrora permitía vivir en una sociedad complaciente con la ideología basada en la explotación de las naturalezas baratas (humana y no-humana), mayoritariamente legitimadas por una ideología moral y racional, está ahora resquebrajándose. Por más esfuerzos que hace el capitalismo por rescatar la noción del enemigo externo (terrorista, islámico, ruso o chino), la gente percibe un enemigo (de la vida) interno. Así, si la sociedad del consumo, la noción de enemigo y la energía drenada en la transformación de la naturaleza fueron fuerzas fundamentales para la expansión y consolidación del capitalismo, estas ya no convencen; producen, en la actualidad, un conflicto profundamente moral en los sujetos. La situación no es menos que desesperada (para el capital imperial). Dos siglos de idealización de una sociedad capitalista y cinco siglos de explotación, saqueo, espejos y dádivas se fracturan rápidamente. El temor de que las grandes mayorías se rebelen en pro de verdaderas democracias, que se descubran alienadas y domesticadas, que exploren su autonomía y libertad, que amalgamen vida y trabajo, más allá de la lógica protestante, que aspiren a relaciones distintas con la naturaleza, está promoviendo acciones extremas en los dueños del orbe, con consecuencias inimaginables.

Así, como las ciencias sociales fueron instrumentos para la “naturalización” de la sociedad capitalista como estadio más avanzado de la humanidad, como proceso pos-Revolución francesa, quedan pocas dudas de que las redes sociales digitales tienen hoy una tarea similar: hacer “voluntaria” una mayor deshumanización del ser humano, a favor de la supervivencia del capitalismo. La lucha de clases de los últimos seis siglos alcanza un momento cumbre: no quedan dudas de que la voluntaria y subsidiada masificación de las redes sociales digitales, con el enorme esfuerzo por generar el dispositivo de la inteligencia artificial, tiene como desiderátum atenuarnos ante momentos de definición epocal.

Crisis del imperialismo ecológico, ¿reorganización política o reorganización de la vida?

Es posible que estemos ante el ocaso del orden mundial acordado en Westfalia. La emergencia de los BRICS+, los nuevos actores involucrados en la re-repartición de las fronteras exhaustas y las guerras en el perímetro imperial, así lo sugieren. Es más que posible que la crisis ambiental planetaria, fundamentalmente por su incidencia en el acceso a los alimentos, el agua y el hábitat “habitable”, precipite los acontecimientos y module —una vez más— los arreglos geopolíticos del planeta.

Numerosos analistas coinciden en que el uno por ciento (sensu lato, de la población del planeta), conformado por los grandes capitalistas operadores del capital imperial, se ha fraccionado entre globalistas y nacionalistas. Estos herederos de la economía-mundo, altamente monopolizada, podrían responder de formas distintas ante la Gran Desesperación. Grosfoguel (en este mismo libro) plantea que, mientras los nacionalistas se proponen salvar al presente sistema capitalista mundial de su crisis terminal, los globalistas, conscientes del inevitable colapso civilizatorio del capitalismo mundial que se avecina, aspiran a una “demolición controlada” del sistema y se están preparando para la creación de un nuevo re-ordenamiento del sistema mundial, más allá del capitalismo, que algunos han llamado “tecnofeudalismo” donde los Estados nación queden disueltos y los territorios a merced de los poderes fácticos financieros; el autor sugiere que este modelo puede, desde una nueva ideología, ejercer un racismo ontológico más perverso que el experimentado en los últimos cinco siglos.

Por su parte, Moore (2022), con la debida cautela que implica verse en el espejo del pasado reciente y plantear posibles escenarios, considera que alteraciones de la ecología-mundo pueden implicar penurias para la gran mayoría, en el corto plazo; sin embargo, “en contra de la narrativa neomaltusiana del ‘colapso’, esta lectura sugiere cómo las crisis climáticas han sido malas para las clases dominantes. Las ‘épocas oscuras’ para las clases dominantes pueden ser épocas doradas para todos los demás”. Agrega el autor que, en la historia mundial, las crisis climáticas “han sido momentos de posibilidad política” (p. 5).

No sabríamos si incluirnos en el grupo etiquetado como “colapsistas”, pero, desde una perspectiva de la ecología anglo-biofísica disciplinar dominante y las evidencias científicas que soportan las posibles trayectorias de los ecosistemas que conforman la trama de la vida del planeta, emergen un par de inquietudes. Moore considera en su comentario que, en la historiografía mundial, las crisis climáticas han estado relacionadas con nuevos arreglos políticos, y que estamos ante la posibilidad de generarse un momento dorado para el 99 % de la población; la primera inquietud que emerge es: cuáles serán las condiciones materiales (nos referimos en específico al acceso al agua y los alimentos) y quiénes serán los sobrevivientes que queden del 99 % que habrán de atravesar algunas penurias. La otra inquietud que emerge es la siguiente: ¿cómo sabemos que la crisis climática actual —que, apenas, comienza a manifestarse— tiene parangón en la historia de la humanidad, de los últimos diez mil años? ¡¿Pudiera esta crisis ser mucho más deletérea que las vividas hasta ahora?!

Por los momentos, pareciera que estamos más enfocados —como si fuera posible hacer distinciones epocales— en, primero, considerar el re-arreglo de las fronteras y la El imperialismo al desnudo 97 geopolítica de bloques de dominación/control, tras el colapso del mundo pos-Westfalia, para solo después atender el tema de la crisis ambiental global, partiendo nuevamente de la percepción cognitiva cartesiana y de las tecnologías que se derivan de esta, instrumentalizadas desde las nociones de la naturaleza barata, la energía barata, la vida barata; en síntesis, atrapados dentro de la misma irracionalidad de la racionalidad moderna. Diría Baruch Spinoza, nos toca cambiar el presente, sin perder el horizonte de vida. No es posible seguir viviendo bajo la carga ontológica de Occidente. Este reconocimiento exige conocer qué constituye aquello que ya no puede reproducirse.

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Hegseth is “the killer”…y no es una serie de Netflix.

🎯 Hegseth en Defensa: ¿Neoconservadores chantajean a Trump? ⚠️ Crisis, purgas y Doctrina MAGA en el Pentágono.

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Análisis de coyuntura

De lo común a lo privado: Claves teóricas para entender la disputa y la gestión del agua en Venezuela

Bienes Comunes en crisis: gestión, privatización de facto y la paradoja del agua en Venezuela. Ostrom vs. Ecología Política.

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Opinión

Desmontando la ilusión imperial: Una respuesta al nuevo intento de Elliott Abrams de justificar un cambio de régimen en Venezuela.

Elliott Abrams y Venezuela: 💥 La mentalidad colonial de EEUU vs. Soberanía. Intervención es peligrosa ilusión. La crisis es fabricada. #Geopolítica #Venezuela #DoctrinaMonroe

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¿Podría Estados Unidos enfrentar un Yemen ampliado y mejorado en Venezuela?

Geopolítica Venezuela: ¿Intervención de EEUU o disuasión por China e Irán? Riqueza petrolera y rutas marítimas claves. ¡Latam en el tablero global!

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Análisis de coyuntura

La tensión constructiva como motor del poder popular venezolano

Poder Popular Venezuela: Historia escrita a dos manos. Tensión entre apoyo estatal (1×10, ACA) e instrumentalización, y autonomía comunal.

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Análisis de coyuntura

La construcción a dos bandas: trayectoria histórica del Poder Popular en Venezuela (1998-2025)

Poder Popular Venezuela (1998-2025): Tensión entre Estado (CLAP, 1×10) y bases (Comunas, Unión Comunera). Análisis de 4 fases de autogobierno y resistencia.

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Análisis de coyuntura

Lineas de Tiempo(s)

Desde 1998, Venezuela ha vivido un cambio histórico con la llegada de Hugo Chávez, el fortalecimiento del poder popular y la creación de comunas.

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Análisis de coyuntura

Vinculaciones entre el gobierno para el pueblo y el autogobierno del pueblo en Venezuela (1998-2025)

Poder Popular en Venezuela: Construcción a “dos bandas” (Constituido vs. Constituyente). Del voto al autogobierno comunitario. ¡Historia, tensión y democracia directa!

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Hablemos de ciencia y tecnología, hablemos de China…y también de Rusia.

China/Rusia lideran ciencia y tecnología: buque nuclear de torio, armas espaciales, cura cáncer, robots y hierro veloz. Progreso mundial.

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Análisis de coyuntura

La economía social y solidaria en el contexto latinoamericano: evolución conceptual y diversidad de marcos regulatorios

Economía Social y Solidaria (ESS) en Latinoamérica: Análisis comparado de marcos legales (Bolivia, Ecuador, Venezuela) como alternativa al capitalismo.

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Opinión

Desde Moscú. “Estoy enamorado de esta ciudad exagerada…”

Moscú: Reporte de un viaje, 39 años después. Evento de Rossotrudnichestvo sobre el centenario de la “diplomacia popular” rusa. Vida normal pese a sanciones.

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Honduras en su laberinto

Honduras: Análisis electoral 2025. 🗳️ Moncada (LIBRE) lidera; Nasralla (PL) y Asfura (PN) compiten. Lucha por Congreso y alcaldías. Influencia de EEUU y medios.

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Opinión

La colonia más antigua, la guerra más reciente: Puerto Rico como plataforma de lanzamiento para la guerra contra Venezuela

Puerto Rico, colonia de EE. UU., es base militar clave para operaciones en Venezuela bajo fachada “antidrogas”. Exige paz y soberanía.

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Análisis de coyuntura

El Premio Nobel de Economía: Un megáfono para la fe neoliberal

Premio Nobel de Economía 2025 a Mokyr, Aghion y Howitt. Su enfoque en innovación y destrucción creativa contrasta con el sesgo ideológico del premio hacia el neoliberalismo. Solo 2 mujeres. EE. UU. domina.

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Opinión

¿Quién ganó la guerra de Gaza?

Victoria/derrota en Gaza tras alto el fuego: Hamás y Palestina resisten y ganan. Israel, con apoyo occidental, es derrotado al no lograr sus objetivos. El pueblo palestino despierta conciencias.

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Aló, Washington. ¿Cómo estamos por casa?

Trump y su egolatría, cuestionada gestión económica, guerra comercial e inestabilidad en el Pentágono por nuevo secretario de Guerra. Liderazgo en crisis.

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Sistematización

PALESTINA RESISTE: VOCES, HISTORIAS Y PUENTES DE SOLIDARIDAD

¡Palestina Resiste! Conversatorio PUEBLOS aborda el Sionismo como colonialismo global. Urge solidaridad activa y pensamiento propio desde el Sur Global. ✊🏽 #PalestinaLibre #Solidaridad

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Opinión

La guerra de Trump contra Venezuela y su inserción en la dinámica regional y global

La guerra de Trump contra Venezuela se enmarca en una crisis de la hegemonía occidental y se explica por la dinámica global y las divisiones internas de EEUU.

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Opinión

La confrontación estratégica en Asia (I)

Dominar Asia Central es dominar Eurasia y el mundo, según la teoría de MacKinder. China y Rusia crean un nuevo orden global desafiando a Occidente.

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Análisis de coyuntura

De la hegemonía financiera a la era digital: Un análisis crítico de latransición al nuevo orden global

La humanidad enfrenta un cambio crucial: trascender el capital financiero y construir una sociedad de solidaridad y complementariedad.

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Opinión

País paraíso del pueblo

Corea del Norte prioriza al pueblo: viviendas, salud, fábricas y ayuda tras desastres bajo liderazgo de Kim Jong Un.

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Opinión

La estética de la Revolución Bolivariana: un análisis crítico

La estética chavista como herramienta política: inclusión, justicia social y resistencia cultural frente a la oligarquía

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Análisis de coyuntura

El Sector Industrial como Pilar de la Recuperación y la Diversificación Económica

Impacto de sanciones en Venezuela: ¿Cómo ha respondido su economía? Analizamos crecimiento, estabilidad y auge bursátil pese al bloqueo.

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Análisis de coyuntura

Habitar con el Otro: El Pensamiento Robinsoniano y la Crítica a la Modernidad

Pensamiento robinsoniano, ecología decolonial y extractivismo: una reflexión sobre la transformación social en el contexto de Venezuela y América Latina.

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Opinión

Desnudando al The New York Times

La crítica a los medios de comunicación hegemónicos y su papel en la desinformación. El análisis del New York Times y su rol en la guerra psicológica contra Venezuela.

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Opinión

Alaska, algunos acuerdos y muchas señales

En Alaska, EE.UU. y Rusia reactivan el diálogo estratégico: control nuclear, cooperación ártica y nuevo orden global dejando a Europa atrás.

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Sistematización

A 220 años del Juramento del Monte Sacro: una mirada robinsoniana

A 220 años del Juramento del Monte Sacro ofrece una perspectiva robinsoniana sobre este hecho tan significativo en la vida del Libertador y la historia de nuestro país

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Opinión

A 80 años de la liberación de la República Popular Democrática de Corea (RPDC) 

A 80 años de la liberación de Corea del dominio japonés, destacamos la resistencia liderada por Kim Il Sung y el surgimiento de la RPDC, exaltando el pensamiento Juche, la autosuficiencia nacional y los logros recientes del país en medio de desafíos internacionales.

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Análisis de coyuntura

La estrategia de Trump en la ‘guerra antidrogas’ contra Venezuela y el manual de militarización interna

Las operaciones militares contra supuestas redes narcoterroristas funciona como un comodín para justificar el uso de la fuerza

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Análisis de coyuntura

Migración, encierro y lucro: el nuevo presupuesto de guerra en la frontera estadounidense

El Congreso de EE.UU aprobó el mayor presupuesto migratorio en su historia, lo cual desnuda la arquitectura de una economía de guerra que opera en nuestros territorios y persigue a nuestros pueblos

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Opinión

Venezuela y Estados Unidos ¿Han mejorado las relaciones?

La pragmática “Make American Great Again” de Trump prevalece sobre la neoconservadora de Rubio en la política de EEUU hacia Venezuela, priorizando comunicación y petróleo, frente a la fallida “máxima presión”. China intensifica apoyo económico a Venezuela.

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Sistematización

ELECCIONES Y PODER POPULAR

En el contexto venezolano actual, el debate electoral trasciende la mera selección de líderes para centrarse en una cuestión más profunda: cómo el poder puede y debe ser transferido efectivamente al pueblo.

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Opinión

¿Qué está pasando en Siria…y en el Asia Occidental?

La inestabilidad en Asia Occidental, orquestada por potencias extranjeras, busca fragmentar la región y controlar sus vastas reservas de energía.

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Análisis de coyuntura

Dinámicas de reelección y postulación de nuevos liderazgos en las elecciones de alcaldes y alcaldesas del próximo 27 de julio de 2025

Las dinámicas de reelección y postulación de nuevos liderazgos son claves para tomar el pulso de las elecciones municipales del 27 de julio

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Opinión

¿Es Trump un loco o un típico niño rico extasiado por sus perversiones?

Trump no está loco. Sus acciones son parte del ‘Proyecto 2025’ de Heritage Foundation: un plan para control del 1% y dominio global, con raíces familiares.

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Análisis de coyuntura

Participamos o erramos

El debate sobre la representación vs. participación es una piedra angular para la transformación democrática de la patria

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Análisis de coyuntura

¿Una universidad para las Comunas? O Las Comunas son la universidad

Una nueva universidad en Venezuela emerge desde las comunas, para acreditar saberes populares por la dignidad, alimentación y la ciencia

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Opinión

Diplomacia china: Mientras unos hacen la guerra, otros abogan por la paz.

China impulsa la paz y la cooperación global, fortaleciendo alianzas en Asia, África, Europa y América Latina.

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Opinión

La ONU no vale nada, no vale medio

La ONU ha fracasado: es inoperante, parcial y antidemocrática. No evita genocidios (Palestina, Ucrania) ni garantiza paz. Debe ser reemplazada.

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Sistematización

Diálogo sobre Democracia Participativa y Pedagogía Liberadora

Entrevista a Radio Arsenal 98.1FM, emisora comunitaria de la Comuna El Panal en el Barrio 23 de Enero, Caracas-Venezuela

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Sistematización

Darcy Ribeiro y Horacio González, pensadores latinoamericanos

La clase magistral de Eduardo Rinesi, Licenciado en Ciencia Política por la Facultad de Ciencia Política y Relaciones Internacionales por la Universidad Nacional de Rosario y Doctor en Filosofía por la Universidad de San Pablo, Brasil.

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Sistematización

Acto de Inauguración del Instituto para el Pensamiento Original PUEBLOS

Sistematización del acto de inauguración del Instituto Pueblos con palabras de Luis Berrizbeitia, Eduardo Rinesi y Jorge Arreaza.

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Otra perspectiva para el mismo acontecer