Hace un mes, el show de Bad Bunny en el Super Bowl convirtió a Puerto
Rico, el idioma español y la memoria colonial de la isla en el centro
del mayor espectáculo estadounidense. Más que una denuncia frontal, la
presentación expuso la paradoja del propio Bad Bunny: un artista que
impugna el poder imperial desde dentro de la misma industria global
que lo consagra, lo amplifica y lo vuelve mercancía.
Hace un mes, Bad Bunny cautivó al público durante el show de medio
tiempo del Super Bowl de 2026 con un homenaje a su tierra natal,
Puerto Rico, y a la cultura latinoamericana. Toda la presentación fue
en español, otorgándole dignidad y centralidad a una lengua que,
aunque es hablada por aproximadamente una de cada cinco personas en
Estados Unidos, ha sido durante mucho tiempo relegada en la esfera
pública de ese país.
La escenografía de la presentación de Bad Bunny estaba cargada de
símbolos. Los cañaverales remitían a la historia de explotación
colonial de Puerto Rico, pero también al trabajo, la resiliencia de su
pueblo y su vínculo con la tierra. El escenario reconstruía escenas de
la vida cotidiana: hombres mayores jugando al dominó, jóvenes
arreglándose las uñas, vendedores ambulantes. Una casita evocaba las
viviendas rurales tradicionales de la isla. Los tendidos eléctricos
aludían a los apagones crónicos que padece Puerto Rico, cuya red
energética, deteriorada y dependiente de combustibles fósiles, ha sido
objeto de controvertidos procesos de privatización. Y la imagen de El
Morro, la fortaleza de San Juan levantada durante la colonización
española, remitía a siglos de dominación imperial.
En conjunto, el espectáculo retomaba el propósito de Bad Bunny de
representar a «mi gente, mi cultura y nuestra historia», como escribió
en X meses antes del evento. En ese mismo mensaje anunció también que
no incluiría a Estados Unidos en su gira mundial, aludiendo al riesgo
de que redadas migratorias pudieran afectar sus conciertos.
Un ascenso meteórico
La trayectoria de Bad Bunny hacia la fama global ha sido fulgurante.
Empezó de adolescente subiendo música a internet y hoy es uno de los
artistas más escuchados del planeta; en 2025 fue, además, el más
reproducido en Spotify. Su último disco, Debí tirar más fotos, fue
distinguido como Álbum del Año en los Grammy de 2026.
Muchos esperaban que su actuación en el Super Bowl tuviera una carga
política explícita. En internet circularon incluso rumores de que la
Liga Nacional de Fútbol Americano (NFL, por sus siglas en inglés) la
había cancelado, en medio de especulaciones sobre una eventual
reacción de furia de los sectores conservadores. Sin embargo, la
potencia del show residió justamente en su sutileza. No hubo ataques
directos a la administración Trump ni consignas antiimperialistas
enunciadas de manera frontal. Lo que hubo fue otra cosa: una
afirmación anticolonial alegre, orgullosa y sin pedir permiso,
desplegada en uno de los escenarios más emblemáticos del poder
cultural y político de Estados Unidos. En un momento en que el
discurso de la extrema derecha dentro y fuera de ese país se encuentra
marcado por una retórica cada vez más violenta, el tono festivo y
amoroso de la presentación pareció deliberado.
La actuación llegó a cientos de millones de espectadores en Estados
Unidos y en todo el mundo. Donald Trump la descalificó como
«absolutamente terrible», una reacción que pareció confirmar que el
mensaje había dado en el blanco.
Y, sin embargo…
El show de medio tiempo del Super Bowl existe dentro de las mismas
estructuras de poder que Bad Bunny dejó al descubierto, y es
financiado por ellas. Esa verdad incómoda recuerda hasta qué punto la
disidencia puede ser absorbida, reformulada y devuelta al público
convertida en espectáculo.
No se trata de un fenómeno nuevo. El lenguaje de la justicia climática
se transforma con frecuencia en estrategia de marketing para
corporaciones que impulsan el extractivismo en el Sur Global bajo la
bandera de la «transición verde». Los derechos LGBTIQ+ son invocados
para blanquear la violencia estatal, como ocurre con el pinkwashing de
la ocupación israelí de Palestina. Una y otra vez, los sistemas de
poder han mostrado una notable capacidad para apropiarse de la
crítica, suavizarla, volverla consumible y despojarla de buena parte
de su fuerza disruptiva. Lo que comienza como resistencia corre
siempre el riesgo de terminar reducido a marca.
La maquinaria corporativa detrás del espectáculo
El show de medio tiempo del Super Bowl se financia mediante
gigantescos patrocinios corporativos. En los últimos años, incluido
este, Apple Music fue su principal patrocinador, con acuerdos por
decenas de millones de dólares anuales. Apple es uno de los emblemas
del capitalismo tecnológico contemporáneo, pero arrastra serias
críticas por sus prácticas laborales y por su impacto ambiental. Al
mismo tiempo, mantiene vínculos estrechos con el poder político
estadounidense. Su director ejecutivo, Tim Cook, ha desplegado un
lobby eficaz ante la administración Trump para preservar ventajas
impositivas y beneficios corporativos.
Dinámicas parecidas atraviesan a Spotify y a la industria musical que
llevó a Bad Bunny desde el subsuelo del reggaetón hasta el estrellato
global. Se trata de un modelo extractivo: una pequeña minoría de
artistas concentra enormes fortunas, mientras las corporaciones,
asentadas en su mayoría en el Norte global, capturan una parte
desproporcionada de las ganancias generadas por la producción cultural
latinoamericana. También es una industria atravesada por desigualdades
de género. Las mujeres enfrentan barreras estructurales, acoso y
brechas salariales persistentes. El reggaetón reproduce muchas de
estas lógicas, y las letras de Bad Bunny a veces se inscriben en la
misoginia del género —incluida «Tití me preguntó», con la que abrió el
show del Super Bowl—, aun cuando en otras canciones, como «Yo perreo
sola», «Caro» o «Solo de mí», cuestionen las marcas culturales
heteropatriarcales.
Vivir con la contradicción
Bad Bunny fue invitado a ese escenario porque actúa dentro de una
industria musical global capitalista, extractiva, sexista y
estructuralmente desigual. Su mensaje anticolonial no circula por
fuera de ese sistema, sino a través de él.
La misma maquinaria que amplifica su crítica también la monetiza. En
los días posteriores a la presentación, sus reproducciones en Spotify
en Estados Unidos habrían aumentado un 470%. La visibilidad que le dio
fuerza a su mensaje también generó nuevas ganancias para las mismas
estructuras que pone en cuestión. Por más potente que haya sido su
intervención, esta sigue inevitablemente enredada con el sistema al
que se enfrenta. Y conviene no perder eso de vista.
Entonces, ¿habría que adoptar la postura de una feminista aguafiestas
y dejar de escucharlo? Desde luego que no.
En muchos sentidos, Bad Bunny sigue siendo un sujeto colonial. Es un
puertorriqueño de clase trabajadora que pasó de embolsar compras en un
supermercado al estrellato global gracias a una combinación de
creatividad propia e inserción estratégica en el mainstream musical.
Sus críticas al poder imperial llegaron a millones precisamente porque
subió a ese escenario.
La cuestión, entonces, no es cómo resolver la contradicción, sino cómo
habitarla.
Un artista puede beneficiarse de sistemas explotadores y, al mismo
tiempo, producir obras que los incomoden o desestabilicen. Plantear el
debate como una elección entre el héroe anticolonial y el vendido al
capitalismo es, en el fondo, errar el blanco. Más que juzgar la
«autenticidad» de Bad Bunny, acaso resulte más productivo sostener esa
tensión: reconocer la potencia de su mensaje y, al mismo tiempo,
examinar con atención las estructuras que lo hacen posible. La
expresión política bajo el capitalismo global rara vez es pura. Poder,
ganancia y resistencia suelen compartir el mismo escenario.
Priscyll Anctil Avoine, investigadora en Estudios de Seguridad
Feministas y profesora titular asociada del Departamento de Estudios
de Guerra de la Universidad de Defensa de Suecia.
Agnese Pacciardi, investigadora asociada en la Escuela de Estudios
Globales de la Universidad de Sussex.

