Un terremoto devela a la humanidad pequeña y subordinada ante la fuerza que emana de las entrañas de la Tierra. Recuerda que el mundo está siempre en movimiento. Lo telúrico es causa y efecto para la vida, un síntoma de la buena salud del planeta. Es fuerza y potencia que quiebra hoy con la mirada puesta en el futuro, uno donde se renace con brotes de fecundidad. Sin embargo, lo inmediato y contingente revela un panorama intenso y doloroso. La violencia del sismo en nuestro país y su capacidad destructiva dejan una herida profunda, insalvable, trágica y traumática para la comunidad. ¿Cómo mirar bajo la perspectiva dialéctica de la reconstrucción en este momento de desasosiego, dolor y pérdida tan grande para toda la sociedad venezolana? ¿Desde qué discursos y acciones se piensa la posibilidad del porvenir?
La respuesta inmediata a estas interrogantes suele ser lo políticamente correcto: necesitamos la voluntad y comunión de todas las venezolanas y todos los venezolanos para caminar en una misma dirección. Pero el terremoto físico está precedido por otro movimiento profundo y continuado: la fractura en la comunidad política —aquella que confiere sentido al proyecto institucional—, la cual devela una barrera en la capacidad de establecer una agenda común. El debate trasciende la sindéresis y la lógica del diálogo, la construcción de consensos y las agendas mínimas. Nos encuentra, como país, nación, pueblo o ciudadanía, en latitudes distintas —tanto en lo geográfico como en los diversos ritmos en los que latimos— y en frecuencias distantes. Esto presenta desafíos fundamentales para el abordaje de la contingencia. Se antoja imprescindible colocar todas las voluntades en la reparación de las fracturas físicas, políticas y espirituales de la patria.
Se puede establecer un punto de partida fundamental: ¿quién puede dudar de la capacidad individual de cada venezolana y venezolano de sentir empatía y dolor ante la situación que viven los afectados por la tragedia? Comprender que toda la comunidad, desde cada parcela individual, hace consciente la magnitud del desastre y la necesidad de aportar, constituye una identidad común que se debe reconocer. Es la piedra angular desde la que se concentra la capacidad de establecer, por lo menos, una agenda común: la superación de la calamidad.
La polarización fracciona y hace imposible el reconocimiento mutuo. Todas aquellas aproximaciones al otro que parten de la instrumentalización de la tragedia minan la capacidad del trabajo común. No se trata de asumir que un grupo busca controlar recursos, información y logística con el único propósito de prolongar su hegemonía; ni que el otro pretende hacer de la ayuda una célula insurreccional para socavar al gobierno. Desconocer que existen agendas subyacentes en la disputa por el poder sería un idealismo ingenuo; sin embargo, se debe partir del principio de humanidad de todos los contingentes que hacen vida y desarrollan la política en nuestro país.
El cuerpo social en pleno de Venezuela necesita recomponerse tanto de las fracturas físicas, sociales, morales, económicas y humanas producto de los sismos, como del cisma político que fragmenta la posibilidad de construir acuerdos. Esto es fundamental porque el éxito de lo primero depende de lo segundo. Sobre todo, porque la reconstrucción social, económica y de infraestructura amerita un proceso de planificación, organización y administración de recursos centralizado y con unidad de mando. Esto solo puede hacerse a través del Estado como vehículo institucional, por lo que es imperativo articular alrededor de él.
Para lograr esto, es necesario trabajar en una doble dimensión. Por una parte, todos los sectores de la sociedad deben reconocer al gobierno como el administrador y gestor de los recursos asociados a esta acción. Esto no significa resignar las dudas, la vigilancia y el acompañamiento para garantizar la transparencia y la eficiencia; pero sí debe pasar por la comprensión de que esta es la entidad de planificación y ejecución con mayor capacidad organizativa en el ciclo que se abre para el país. Por la otra, el gobierno necesita desarrollar una política que permita la participación de todos los sectores que componen la comunidad para sumar confianza y voluntades. Esta apertura debe permear la acción de todos los contingentes —pueblo organizado, sector privado, sociedad civil, entre otros— con capacidad de trabajo directo en las labores necesarias para la recomposición nacional. Ninguna voluntad sobra.
La tarea que se le presenta a la patria es inconmensurable. Sanar progresivamente las heridas y secuelas de los terremotos es, de por sí, un esfuerzo titánico. Pero si no se acompaña de un proceso de reconocimiento en la diversidad y de no exclusión por razones políticas, económicas, religiosas o sociales, será mucho más complejo. El proceso de reconocimiento mutuo implica una nueva forma de aproximarnos a la política, así como la disposición de resignar ciertas convicciones y certezas con el único propósito de servir a un fin superior: el giro dialéctico que lleve a la superación del estado contingente y permita vislumbrar un futuro de bienestar social.

